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miércoles, 8 de febrero de 2012

Orquídea sutil, verde malaquita y sabor cilantro

El ramo de orquídeas, pintado sobre el cristal de la ventana, enmarcaba su rostro triste. La veía sentada a su lado, ligeramente encorvada, mirando sus manos.
- ¿Tienes frío, madre?
Ella siempre sonreía. Negó con la cabeza, pero escondió sus manos huesudas bajo la manta. Fuera, la tormenta se hacía cada vez más evidente. Las gotas repicaban sobre los cristales y el viento se colaba entre los portones de la entrada.
- La orquídea es la flor más sutil -dijo la anciana.
- ¿Te gustan?
- No mucho, prefiero las rosas. Las orquídeas son flores pintadas.
No entendía muy bien qué quería decir.
- ¿Te parecen artificiales, madre?
- Me parecen extrañas, como de otro planeta.
La hija sonrió. No estaba de acuerdo, pero tampoco le parecía una conversación interesante. Continuaron mudas un buen rato. La madre, quieta, como las flores; la hija, moviéndose por el salón haciendo y deshaciendo, como el viento de la calle.
- Cuando tenía tu edad -dijo la anciana- tenía un vestido color malaquita.
- ¿Y ese color cuál es?
- Verde, mi niña. Que poco os han enseñado en la escuela. Margarita, está linda la mar y el viento lleva esencia sutil de azahar tu aliento, Margarita, te voy a contar un cuento: esto era un Rey que tenía un palacio de diamantes, cuatrocientos elefantes vestidos de malaquita y una gentil princesita, Margarita, tan bonita, tan bonita como tú...
- Madre...me suena este poema, me lo cantabas de pequeña
- Ya no me acuerdo mucho, mi niña, pero había malaquitas, ¿no te acuerdas?
- Yo ya no me acuerdo ni qué cené anoche...
- Pues tengo hambre ya...
- Madre, que son las 6 de la tarde...
- Qué importa, ahora me comería un arroz con cilantro, de esos que preparaba tu abuelo en Puerto Rico, ¿no te acuerdas?
No se acordaba porque jamás estuvo en Puerto Rico. La miró con ternura. Los recuerdos de su infancia y el presente tan ajeno se confundían como las gotas de lluvia que resbalaban mezclándose en el cristal.
- Madrecita -dijo ella, segura de que aquellos minutos habían sido un pequeño regalo-, orquídea sutil, verde malaquita y sabor cilantro, podríamos escribir un poema...
- Dame una hoja y un lápiz...
Los dedos artríticos se asieron al lápiz y torpemente recordaron las letras. Había olvidado cómo escribir la q y, sin duda, las m se tumbaban demasiado sobre el horizonte. No obstante, empezó:
Orquídea sutil era el perfil de su rostro en la ventana...
Diez minutos después el momento de lucidez se desvaneció. De nuevo, la anciana sin memoria volvió a dormitar en el sillón, como una flor más, sin recordar quién era, quién la cuidaba, qué sabor tenía el cilantro, qué era una orquídea y qué tono tenía exactamente el verde malaquita.

10 comentarios:

Sara O. Durán dijo...

¡Te volaste la barda! te quedó bordadito a mano, de verdad, me encanta.
Besos color malaquita.

Daltvila dijo...

Sería hermoso que se pudieran guardar los olores, los sabores, los colores,... en un libro de recuerdos que nos ayudase a recordar si el Alz... algún día nos viene a visitar y se queda a nuestro lado. Ojalá no...

Me gustó el cuento.

dotdos dijo...

¡Precioso relato, gracias! El día a día de tantas personas...
Cuando es necesario nos damos cuenta que somos capaces de hacer cosas inimaginables...
Un saludo!

Sbm dijo...

Me ha encantado... me ha tocado...

Te falta una hache, pero no la busques en el texto.

Un beso.

Ada dijo...

Sara, malaquita es una palabra que me hace mucha gracia, casi tanto como lapislázuli.

Daltvila, ojalá no, que enfermedad más triste.

Dotdos, bienvenido! y gracias.

Sbm, ¿h de hada? anda, dime que sí, lo prefiero a hestúpida :) gracias

Sbm dijo...

jajajaja, sí y hache de listah.

Henorabuena por tu testo.

Y como rima, un besto.

Pais secret dijo...

Vinc amb retard, m´ha encantat la conversa, cada detall, cada color i fins i tot el gust del celiandre, que no m´agrada gaire, però aquí hi escau molt bé.I la tendresa.

Tinc unes arracades de malaquita ;-)

Mikael Blomkvist dijo...

Como se extinguen nuestros recuerdos y con ello nuestras vidas, como una vela encendida que se va consumiendo con el tiempo y su luz debilitando, quedando en una cera fundida en la nada. Brillante relato.

Ada dijo...

Sbm, un besto!

País, a mí el cilantro me encanta, algo en que no coincidimos, se hace extraño...

Mikael, para algunos más que para otros...

el paseante dijo...

Un texto lleno de Vida, como antaño.