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martes, 31 de enero de 2012

Espejito

Todos los espejos son monstruosos, ninguno refleja la realidad. Mi espejo, como veis, es incombustible: permanece encendido todo el tiempo como si fuera un hogar quemando o un corazón apasionado. Jamás descansa. Me miro en él y veo lo que algunos no ven, lo que algunos no miran, como mi cabeza romboidal o mis ojos achinados estirando los límites de las sienes. 
Hace tiempo que renuncié a los encuentros con camaradas delante de él, que evito las contemplaciones colectivas con risitas o posturas. Porque me aterroriza ver en mi espejito las imágenes deformadas o las imágenes ausentes, o sea de vampiros sin forma. Y es que no sé qué pasa, que de un tiempo a esta parte, nada de lo que se refleja en mi espejo parece ser lo que creía ver antes. 
Casi todas las imágenes aparecen reflejadas sin luz, opacas, deformadas, monstruosas, repetidas, a veces difuminadas o borradas, con todos los rasgos exagerados en lo grotesco, imágenes danzando en una espiral de locura, imágenes amargadas macerando en su veneno de alcanfor de armario, imágenes como serpientes solitarias arrastrándose por los rincones, imágenes de ángeles caídos sin luz. No quiero verlo. Esas imágenes no pueden corresponder a mis amigos.
Yo ya no le pregunto nada a mi espejo. No me fío un pelo de él y, por supuesto, jamás lo intentaría atravesar. Simplemente lo tengo en la pared, ardiendo en dorado. Lo rompería, si no fuera porque, dicen, me esperarían 7 años de mala suerte por cada añico de espejo en el suelo. 

lunes, 30 de enero de 2012

Nieve en las montañas



De camino al trabajo, esta tarde...
Hoy tengo las palabras y la inventiva congeladas. 
Descansad un poco de mis locuras y disfrutad de las imágenes...

domingo, 29 de enero de 2012

Casi nieve


En mi tierra casi nunca nieva así que cuando cae un poco de hielo y cuaja ligeramente es una fiesta. Anoche el atardecer sobre el mar teñía de verano la bahía; hoy, el frío y la lluvia cubren los caminos. Yo quería caminar hoy, pero la naturaleza me ha dicho "para!" y aquí estoy de nuevo, en casa, escuchando los truenos tras la ventana y dejando que la lluvia fina y constante me bañe por dentro.

sábado, 28 de enero de 2012

Luz


Paseaba cerca del mar y se preguntaba dónde estaba la luz. Muchas personas a su alrededor la habían perdido. Se limitaban a dormitar bajo el sol y lamentarse o a inventarse teorías extrañas para justificar la oscuridad o a esconderse en caparazones herméticos e infranqueables o a empezar a odiar con más o menos evidencia.
Echaba de menos la luz; echaba de más el egoísmo, el desequilibrio, las teorías alienantes de extraterrestres y finales del mundo, el clasismo, la xenofobia, la intolerancia, la agresividad. Echaba de menos la sencillez y la humildad, la sonrisa, la claridad, la pasión, la belleza. 
Alzó la vista y entonces vio un cielo anaranjado, lleno de luz, y supo que no debía desfallecer todavía.

viernes, 27 de enero de 2012

Las capitales

Llevo toda mi vida escapando de las capitales. Prefiero perderme en horizontes de naturaleza, despertarme con la visita de los pájaros y sentirme sola de verdad, por falta de gente. Porque lo que realmente no soporto es la soledad que se siente en multitud. 
Sin embargo, de vez en cuando, me gusta pasear por las calles de mi ciudad. Hoy lo he hecho, como si fuera una bala perdida buscando un (h)ada a quien disparar. 
Mi ciudad cada vez me parece más vacía, más provinciana. Los turistas, en invierno, son tranquilos y a penas hay italianos. Son rosas. De piel rosa, quiero decir. Y pelo blanco. Poco color en las gentes, en general. De hecho, los colores se descuelgan de los graffitis, de los artistas callejeros, de las terrazas de las cafeterías y de los escaparates de las tiendas, pero todo me resulta artificial y poco. Aunque aprecio de verdad la luz, esta luz mediterránea y transparente.
Siempre veo a alguien conocido cuando voy a la capital, como si el tiempo se hubiera congelado o todo fuera un sueño: hoy he visto al bibliotecario de la biblioteca en la que me pasaba las tardes cuando tenía 13 años. Estaba igual igual, pero con el pelo gris. Quería saludarle, pero me ha parecido absurdo. ¿Recordaría en mí yo casi cuarentón esa niña regordeta y con gafas de entonces? ¿esa que le encargó "Flores en el ático" (todos tenemos un pasado del que avergonzarnos)? He buscado el reconocimiento en sus ojos tímidos. Me lo ha dado, pero no hemos hablado: en esta tierra somos así de sosos.
Los rincones de mi ciudad son muy negros y huelen a orina. No están lejos de los desequilibrados. Ni de las partes bonitas y fotografiables. 
Me he comprado un jersey gris en las rebajas: 9.50€ y he comido en un bar regentado por dos calvos barbudos gays de brazos tatuados, vestidos a rayas blancas y negras, con cierto aire a Tin-tín. No tenían datáfono y mi amigo ha tenido que invitar. El suelo, era de baldosa hidráulica. Y dos esquinas más allá, he visto una puta vieja, muy poco atractiva, y una tienda antigua llena de sillas de cuerda y un graffitti en una puerta de garaje: "yo, un bala perdida buscando un hada detrás de esa preciosa boca que parte mi cara" y una tienda moderna con láminas de amantes vermellones y grises flotando en el aire su amor diáfano.
Después, más tarde, el tren ha vuelto a engullirme y llevarme lejos de la capital, a buscar silencios y cadenas montañosas, en el refugio helado de mi faro de cristal.

jueves, 26 de enero de 2012

No te quiero mucho



La verdad es que no te quiero mucho, pero esta noche, en mi sueño, te abrazaba llorando como si te amara muchísimo. Hace tanto tiempo que no te hablo que ya he olvidado tu cuerpo huesudo y pequeñin. Pero el sueño se ha encargado de recordármelo: vivías en la habitación de un hostal. La tenías decorada con multitud de barcos en miniatura, veleros de medio metro y botes pequeños. Dejabas siempre la puerta abierta y por ahí se colaban gatos y niños. Me colaba yo también y te miraba con ojos llorosos desde el quicio de la puerta. Tus ojos también se humedecian y eran la señal de "avanti": nos abrazábamos llorando.
Pero la verdad es que no te quiero mucho. Tal vez eras tú que soñabas que te soñaba. Me decepcionan tus inevitables huidas, tu postura trágica de víctima, tu violencia contenida, tu teatro constante.
Como te querría verdadero, no puedo quererte así. No confío en ti. Ni, es evidente, en los sueños nocturnos.

No sé posar

No sé posar. Jamás he sabido. Me incomoda mirar al horizonte con semblante introspectivo o entornar los ojos hacia el cielo como si fuera una santa. Se me da mejor girar los ojos en dirección contraria a mi cuerpo, pero así la postura parece de mujer interesada, poco natural, vaya. No se me ocurre tampoco hacer nada con las manos: ni tocarme la cara, ni atusarme el pelo, ni sostenerme las caderas o quitarme las gafas en un gesto intelectual y estudiado. Y, ni mucho menos, sería capaz de levantar mis pies del suelo ni colocarme de perfil girando un poco mi espalda como si fuera una actriz sobre la alfombra roja. No, no, no sé posar. Simplemente sonrío sin abrir mucho la boca y miro fíjamente como si alguien pudiera verme realmente. Casi siempre estoy de pie con los pies un poco separados y las manos enlazadas delante de mi sexo. Alguna otra, prefiero sentarme, y la postura encogida, no me favorece. A menudo cierro los ojos porque el sol me deslumbra y en casi todas mi estampa es anodina y podría pasar desapercibida a menudo...
Si no fuera porque soy un fantasma y, claro! el revuelo que se monta siempre cuando poso y salgo en la foto es indescriptible.

miércoles, 25 de enero de 2012

Basta


Quiero escribir que me bastas. Pero no me basta. Quiero sentir que me bastas. Pero no es cierto.

martes, 24 de enero de 2012

Dama María


- Dama María, Dama María...- el susurro le llegó suavemente desde el otro lado de los ojos. Los abrió. Ahí estaba el chico del cabello de luz.
- Hola –dijo Dama María-, qué alegría verte.
Se veían todas las semanas, los lunes por la tarde. Ella pasaba sus últimos días en el Club de la Espera; él, estudiante de enfermería a punto de finalizar los estudios, hacía una de sus prácticas trimestrales de cuidados a mayores a punto del tránsito que sobrepasaran los 130 años. Se habían cogido un gran cariño y, a menudo, el chico del cabello de luz, sobrepasaba su horario y se quedaba a su lado escuchando sus historias. En realidad se llamaba Ángel, pero a ella le gustaba llamarle “chico del cabello de luz” aunque fuera un peinado muy extendido desde hacía una década y ya no tenía nada de especial. Se repaban el pelo a cero y  se colocaban un holograma de luz, más o menos brillante según el gusto y la moda, tampoco era para tanto. Pero para ella continuaba siendo algo extraordinario porque aunque vivía en el año 2105, como todos los ancianos, hacía ya tiempo que se había quedado en otra época.
- ¿Sabes, chico?, hoy he tenido un recuerdo muy lejano. He recordado el día en que te imaginé.
- ¿Cuándo fue eso, Dama María?
- Yo tenía 37 años y me estaba duchando en casa. Con agua. No te rías. Entonces nos duchábamos con agua. Estaba sola en casa y, de repente, me dio uno de esos ataques de soledad que teníamos de vez en cuando. No te vuelvas a reir. Antes no teníamos conciencia todavía, vivíamos continuamente estresados, preocupándonos por el futuro. Como te digo, me estaba duchando, el agua caliente corría por mi espalda desde la nuca. Yo enjabonaba mis pechos. Entonces ya me parecían viejos. No te rías más. Y de repente pensé que, sin hijos, cuando todos los seres que había amado hubieran desaparecido, un día terminaría mis días en una Residencia. Ah, no me mires extrañado, antes llamábamos así a los Clubs de la Espera. Y entonces me imaginé contándole a un chico enfermero mi vida. Él (tú) me preguntaba: ¿y amó mucho? Yo le respondía “muchísimo”. ¿Y la amaron? “También. Sí, me sentí muy amada”. Pero, ¿sabes? Sin embargo me puse a llorar ese día. Corría el agua por mis mejillas rosadas. Corrían también las lágrimas...
- Dama María....-el estudiante también lloraba. Se le había apagado el pelo de luz en prevención a un cortocircuito -, no me pongas triste. Mira, me acabas de apagar el pelo.
La anciana de 131 años sonrió. Él la abrazó.
Después de todo, nunca, nunca, habría de faltar alguien que amara a aquella anciana extraordinaria. 

A los hombres hay que verlos desde arriba

Para verlos pequeños, en su justa medida. A los hombres y a las mujeres. Verles moverse como hormigas ordenadas y educadas, alborotadas otras veces, construyendo y destruyendo, aprendiendo y desaprendiendo, inventando y repitiendo, amando y odiando, riendo y llorando. En su pequeñez y su grandeza.

lunes, 23 de enero de 2012

Lentamente



Estos tres últimos días todo, excepto los estornudos, ha ido a cámara lenta. Comerme un kiwi requería de una media de diez minutos; caminar de la sala al baño, al menos dos; hablar en voz alta era tan dificil que las conversaciones se dilataban dolorosamente; vestirme o desnudarme con tiritona incluida, lo que duraría un streptease; ducharme, todo el tiempo necesario para agotar al calentador. 
He sido consciente de la relatividad del tiempo, ¿no escuché por ahí o fue un delirio, que hay que ir restando segundos para que no nos encontremos el siglo que viene con un desfase de 15 minutos respecto a la realidad temporal? 
Sé que está consciencia me durará poco: en breve, volveré a engullir la comida para taponar la ansiedad del alma, volveré a teclear en el ordenador a más de ciento veinte pulsaciones por minuto, volveré a bajar la escalera corriendo con bolsas, carpetas y monederos en la mano, volveré a hacer más de dos cosas a la vez, a planear absurdidades, a leer, cocinar y escuchar música al mismo tiempo, a estar en todas partes excepto en el presente lento y concreto, mío y precioso. 
Lo sé, lo intuyo, no me fustigaré si ocurre, pero voy a intentar evitarlo. ¿Por qué habrá cosas que nos costará tanto aprenderlas?

domingo, 22 de enero de 2012

Escapar




Yo antes vivía en un caracol, un espacio pequeño que se convirtió en la casa del poeta, un lugar que habitaban violinistas ingrávidos, entre amantes estilizados, miradas lacónicas y palabras de otros.
Vertían refugios, los rincones, sometidos por el rojo del latido, por la urgencia de la vida. La habitaban amigos y ángeles y una gata intermitente que alegraba las visitas distraídas. Todavía habia horizontes de niebla, pues las paredes estaban demasiado cerca de las cosas, en esa casa acostumbrada a lo difícil. La dictadura de las despedidas mandó en los vanos de las puertas tiempo atrás. Pero después desaparecieron los llantos, y las vajillas, descaradas, se engalanaron de sopa cada noche.
Había libros rezando sortilegios y una unión de cuerpo y alma, sospechosamente lujuriosa, movilizaba todos los faros: poco era suficiente para tenerlo todo.
Crecían plantas sobre las tejas, espirales árboles de la vida, como una cabellera irisada de aves y viento.
Vertían refugios, los rincones y yo ya no estaba sola.
Pero nunca nada es suficiente así que seguí mi camino y me instalé en un viejo laberinto, a la sombra de un limonero. Hacía frío en esa casa, las paredes lloraban, el cementerio cercano sombreaba cualquier intento de felicidad: fue el principio de la huida. 
De ahí escapé pronto para instalarme en el faro donde ahora vivo, un lugar luminoso, pero solitario, lleno de encuentros y despedidas, testigo de algunas esperanzas pisoteadas, de malas decisiones, de pocos amigos, de miles de palabras escritas, de vuelos de golondrinas.
Quería volver a escapar ahora, empezar de nuevo. Pero sé que huir no sirve para nada.  Este es mi hogar ahora y aquí intentaré ser feliz, a pesar de todos los pesares. 

viernes, 20 de enero de 2012

NEUROSIS



- Doctor, estoy preocupada, han vuelto los sueños recurrentes.
- ¿Qué sueña exactamente? Abondono, imposibilidad para comunicarme por teléfono con quien necesito e infidelidad.
- ¿La padece o la infringe?
- La provoco, aunque me resisto mucho.
- ¿Con quién engañó a su marido esta noche?
- Era un hombre cincuentón, atractivo, alto y robusto, de pelo cano, desconocido...pero reconocí su mirada, su manera de besarme.
- ¿De quién?
- Usted ya sabe...
- ¿Fue una infidelidad completa?
- No, era más una infidelidad emocional. Hubo besos, caricias, abrazos, pero lo más doloroso es que me gustaba y lo deseaba. Que lo necesitaba.
- ¿Qué le produjo más angustia, el abandono, la incomunicación o la infidelidad?
- Sin embargo, creo que...el abandono previo de mi marido..
-...Sra. Vázquez, aquí tiene las llaves de nuestra casa. En breve recibirá mi solicitud de divorcio.

miércoles, 18 de enero de 2012

Me he quitado los ojos

Me he quitado los ojos y he invertido 18 minutos en releerte. Puedo decir que he desayunado pan con poesía y que ahora toda la prisa y las cosas que hay que hacer me resultan anodinas y sin sentido. Pero, corre, que llegarás tarde a tus chicas, que hay que lavarse los dientes, preparar los papeles, fingir que no los pierdes, calzarte las botas, dejar los platos sin lavar, maquillarte la sonrisa e inundar de luz tu día, aunque estés triste y hayas dejado los ojos en un plato en la cocina, al lado del portátil cansado.
Corre, no empieces el día con melancolías y dudas. No más de lo normal. Hace sol, mira, corre que te esperan. El mago poeta es un espejismo y sabes que tu lugar está en otra parte.

martes, 17 de enero de 2012

Penetra

Era difícil de explicar y de entender. Se tenía que guardar un poco de infierno dentro para conseguirlo. Os lo voy a explicar directamente, sin rodeos, ni bellas metáforas que no pueda entender nadie: cuando él la penetraba mataba su orgullo. Sí, así de raro. ¿Quién piensa en orgullos cuando está fornicando? ¿Y quién puede pensar que algo tan profanador como una penetración pueda evitar el orgullo si más bien parece todo lo contrario? Ya os he dicho que es raro. Necesitaríamos un volumen igual como el de las páginas de todos los libros que contenía la Biblioteca de Alejandría, para explicar los antecedentes, las uniones y desuniones concretas que formaron el material de su cuerpo, su mente y su alma, para que sintiera así, pero lo cierto es que, resumiendo, cuando se dejaba penetrar por él, era el único momento en que dejaba de tener orgullo: nada le importaba, ni los motivos, ni los futuros, ni las intenciones; sólo sentía. Aquellas embestidas tremendas. Por delante. Por detrás. En su boca. Quién lo iba a decir! Ella, la reina de la razón, de la ética, de la medida, de la pureza, deseando ser sometida de aquella manera...
Sin embargo, la historia no termina aquí. Como ella, efectivamente, era una persona racional e íntegra y de corazón puro, aprendió a ser ella misma la que sometía su orgullo. Lo domó como un domador lo hace con su león en el circo. Le temía, sí, no subestimaba su fiereza, pero había logrado relacionarse con él con la disciplina adecuada como para mantenerlo a raya. Su látigo de luz era invencible. Ya no necesitaba someterse para vencerlo.
¿Pero qué pasaba con el penetrador? ¿había sido un simple instrumento? No. En realidad era una víctima también, víctima de su propio orgullo, el de él, llamemosle maldad. Él no supo trascender ese deseo por penetrar, él no supo aceptar sin miedo y humildad esa duda que creció en su corazón mientras creía manipularla y herirla, esa llama de luz que le hubiera inundado con un poco de esfuerzo, llamemosle amor.  Los dos eran iguales en realidad. Se encontraron porque tenían algo que aprender. Ella lo hizo. ¿Él? 

Secretos para no perder el corazón

Aunque el corazón se te derrumbe y parezca que se va a desprender de tu cuerpo, no dudes nunca, no ocurrirá: un engranaje romboidal hecho de la unión entre tu espíritu y tu carne, lo mantendrá en su sitio, aún estando partido. Pero eso sólo ocurrirá si conservas la Paz en tu interior, si continúas siendo un pájaro que vuela cuando es necesario, si sabes plantar la semilla adecuada en cada situación para que crezca lo bueno. Ten la tierra bajo tus pies y el cielo sobre tu cabeza, los dos son igual de importantes, equilíbrate entre ellos. Ten fuerza. Ten fe. Ten luz. 

lunes, 16 de enero de 2012

Demonio

Demonio, déjame en paz, danza, quema, toca todos los culos que quieras, pincha, embriaga, canta, desnuda, pero a mí, déjame en paz. No quiero saltar hogueras ni correr delante de ti, no quiero provocarte ni luchar para que no me tientes. Sólo quiero que me olvides, busca a otra. Deja de despertarme a las 5.30 de la mañana, deja de enganchar los recuerdos en todas las cosas, deja de encenderme el deseo o el vacío. 
¿Qué quieres de mí? 
¿que reconozca mi miedo?. Lo reconozco. 
¿Qué reconozca mi debilidad? la reconozco. 
¿Qué me vuelva oscura? Jamás. Cuanto más lloro más transparente me vuelvo. 

domingo, 15 de enero de 2012

Comunicando

























¿Cómo es posible que el verbo comunicar tenga dos definiciones tan opuestas? Comunicar como transmitir y compartir informaciones, emociones, sentimientos, imágenes... frente a todo lo contrario, lo que hace un teléfono cuando tiene la línea ocupada y no es posible que haya contacto ni transmisión. 
Todos necesitamos comunicar y lo hacemos cómo podemos. Todos, en algún momento y a veces sin querer comunicamos..bip-bip bip-bip bip-bip

sábado, 14 de enero de 2012

Amémosnos

- Si me amas, te daré la llave.
- Si te amo, te daré el alimento.
- ¿Para qué quiero alimento si me amas? Tú serás mi alimento.
- ¿Para qué quiero llave si te amo? Tú abrirás todas las puertas.
- Entonces amémosnos sin promesas, sin regalos, sin nada a cambio.
- Entonces, sí, simplemente amémosnos.

Vampira y Rabit


Vampira y Rabit se conocieron en la consulta de un dentista. Evidentemente no se llamaban así, fueron los motes que cada uno pusieron al otro, mientras sentados en la consulta y coincidiendo varias veces, se miraban de reojo, antes de haberse dirigido la palabra por primera vez.
Vampira, como su apodo indicaba, tenía una boca bonita, labios carnosos y dientes blancos, pero con la peculiaridad de unos colmillos muy afilados. Como tenía la piel muy blanca y casi siempre iba vestida de negro no fue difícil encontrarle ese mote.
Rabit, como su apodo indicaba, tenía los dos incisivos centrales de arriba mucho más largos y grandes que el resto de dientes, igual que un conejo. Como además era muy nervioso y no paraba de levantarse y pasear por la consulta mientras esperaba, no fue difícil encontrarle ese mote.
El primer día que se vieron, se repelieron, no encajaban nada, ella tan gótica y él tan pijo; el segundo sintieron curiosidad y el tercero ya empezaron a hablar. 
A Vampira le tenían que limar los colmillos y ponerle unas fundas de porcelana. A Rabit, limarle los incisivos y ponerle una ortodoncia durante años. Como ya eran mayores de edad, aunque de adolescencia retardada, decidieron negarse al unísono y ese día fue el que inició su romance.
Se besaron apasionadamente en el ascensor de la consulta, nada más salir de ahí, y unas semanas después estaban haciéndose románticos regalos como estos.

Yo pasaba por ahí, sobre el puente, y lo fotografié. No sé si la historia fue exactamente así, pero qué importa ¿no?

viernes, 13 de enero de 2012

Cinco piezas de puzzle




Fátima tenía 19 años, pero aparentaba 30. A los 11 años se había prometido en matrimonio con un chico de 17. A los 15 se casó y a los 17 parió por primera vez. Era bastante más responsable que la mayoría de mujeres de 30 años que conocía. También era lista: aprendía rápido y se interesaba mucho por las cosas. A pesar de eso, a penas caminaba sola por la calle. A pesar de ello, se cubría pudorosamente de los pies a la cabeza con su ropa oscura. Tenía la piel muy blanca y los ojos muy negros, que se remarcaba con suficiente maquillaje negro como para que nadie, paradójicamente, pudiera dejar de mirarla hipnotizado por su mirada oriental. Tenía una vida ordenada y tranquila: se levantaba a las 6 de la mañana para rezar. Volvía a la cama y dormía hasta las 8. Entonces preparaba el desayuno  y la merienda a su marido y a su hijo. Ella sólo desayunaba después de que ellos estuvieran satisfechos. Después, mientras su madre cuidaba a su hijo, ella limpiaba la casa: barría, fregaba y quitaba el polvo, eso mismo todos los días. Lo hacía con la música puesta muy bajito, sintiéndose muy culpable porque su religión decía que la música era mala consejera. Después se aseaba, se maquillaba y se iba a estudiar español. Al volver, preparaba la comida rápidamente mientras su hijo dormía un poco esperando, ansiosa, que su marido volviera a casa y le contara mil historias.

María tenía 38 años, pero aparentaba 29. A los 11 años jugaba con muñecas y lloraba todos los sábados viendo los dibujos de “Candy” en la televisión. A los 15 estudiaba y salía a bailar algunas noches. A veces bebía un gin-tonic. Era una chica tranquila y de vida sencilla. No se había casado ni había tenido hijos, pero sí varios novios que habían pasado por si vida como una brisa de verano, sin marcarla demasiado ni despertarla de su letargo. Se levantaba a las 8, desayunaba frugalmente un café con leche y se iba caminando a la oficina. Eso mismo todos los días. Ahí estaba hasta que volvía a su minúscula casa de 45m2 para comer algo precocinado o calentado en el microondas, ansiosa por poner la televisión y mirar la telenovela.

Vanessa tenía 23 años y los aparentaba, a pesar que llevaba una vida un poco desordenada. A los 11 años tuvo su primera relación sexual con una niña de 12 que parecía un niño. Más tarde probó también los niños, pero nunca nada pudo compararse a aquella chiquilla desgarbada de pechitos como aceitunas. Ahora ni trabajaba ni estudiaba aunque sí se relacionaba mucho intímamente, hombres, mujeres, todo valía, pero sólo por las noches, como si fuera otra entonces, como si la noche le permitiera disfrazarse. Las mañanas las pasaba delante del ordenador. Se levantaba a las 11, tomaba un bollo y un cola-cao y se sentaba hasta la hora de comer a chatear y escuchar música. Eso mismo todos los días.Esporádicamente ordenaba su habitación, leía una revista o se iba al súper a hacer la compra para la casa. Le hubiera encantado vivir sola, pero lo hacía en compañía de su madre histérica y su hermana pequeña que la odiaba. Lo único bueno de que volvieran a casa para comer era que entonces podía sacar su rabia y pelearse con alguien.

Amparo tenía 53 años. De pequeña le dijeron que debía ser abogada y así lo hizo, obediente. Ahora su vida era estresante, pero se sentía útil y económicamente, más que recompensada. Había estudiado, trabajado en un buffete, se había casado de blanco y por la iglesia, había tenido tres hijos, ahora adolescentes, vivía en un piso enorme en el casco antiguo de la ciudad con suelos de madera y vigas vistas en los techos. Se levantaba a las 7 de la mañana, desayunaba ligeramente, invertía 2 horas en acicalarse convenientemente y finalmente salía hacia su despacho para trabajar varias horas en sus casos. No volvía a casa a comer, sólo cuando ya anochecía y los tacones le apretaban tanto los pies que le era imposible soportarlo. Lo mismo todos los días. Antes de llegar a casa, pasaba por el gimnasio y se daba un baño en el jacuzzi del centro. Alguna vez, un masaje relajante. Llegaba a casa cuando los niños estudiaban encerrados en sus habitaciones o se habían ido de fiesta con los amigos. Llegaba a casa cuando el marido dormitaba en el sofá, cansado de tantos ancianos artríticos que pasaban por su consulta. Apenas hablaban ni se querían. Un beso en la mejilla, un “qué tal el día”, un cuerpo a cuerpo babeando en el sofá soñando otras vidas.

Luna tenía 84 años. Apenas recordaba su infancia, pero sabía que había sido muy feliz. Se levantaba todas las mañanas a las 9h, besaba la foto de su compañero fallecido, alimentaba a su gato persa, desayunaba cereales con muesli y alguna infusión, y después de arreglar las flores del jardín y barrer las hojas secas, se disponía a practicar su horita de piano y su hora de bordados con las vecinas. Después preparaba la comida y leía un poco, lo mismo todos los días, ansiosa por llegar a la tarde y jugar su partida de cartas con las amigas que todavía la visitaban, mientras se bebían sus copichuelas de anís.

Todas, Fátima, Maria, Vanessa, Amparo y Luna compartían isla, pero no se conocían. Todas, llevaban una vida similar aunque no lo pareciera, ordenada, simétrica, repetitiva, pequeños engranajes en la maquinaria del tiempo de un orden universal imposible de entender, pequeñas piezas del puzzle que era la vida, todas tan distintas y tan iguales, tan válidas y necesarias, tan personas.

miércoles, 11 de enero de 2012

Tu nombre es un ser vivo*



"Hay lecturas que requieren de un escenario especial -dijo al público que lo escuchaba-, yo jamás podría leer un poemario tan excelente como éste sentado en la taza de un inodoro, recostado en el sofá de casa mientras la televisión parlotea o en el andén de una estación mientras espero el tren. Este libro requiere de alfombras y cojines, de te caliente y luz tenue, de fruta fresca y dátiles con miel. Pide música de cuerda y tarde lluviosa. Pide nostalgia ..." 
El que así hablaba era un conocido escritor muy aficionado al mundo árabe y a los soliloquios -aunque estuviera rodeado de oyentes-, así como a la invención de nuevas palabras como "poetívoro" o "poestanasia", grandilocuente, apasionado, extravagante, sensible y muy ciclotímico. 
Se refería al poemario en prosa libre "El teu nom és un ésser viu", de Josep Manel Vidal, un modesto y excelente escritor valenciano, especialista en inventariar emociones.
Escuché atentamente cómo se presentaba el libro, escuché algunos fragmentos leídos con emotividad por una actriz de voz quebrada y, al final, en el turno de preguntas, exploté y hablé:
"Me gustaría decir -empecé tímidamente- que a mi este poemario me parece muy especial, pero no por extraordinario, sino precisamente por cotidiano. Leí en la taza del vàter -confesé ruborizada-, también en el sofá y en la estación de tren, incluso leí mientras mi madre me hablaba por teléfono, y al hacerlo tenía la sensación de estar paseando por un bosque en otoño y que cada poema, era una hoja a mis pies, algo pequeño, cotidiano, pero bellísimo. Yo no sé si estos poemas requieren de un lugar especial para ser leídos, pero llegan incluso si los lees en el baño. De repente, una escena tan común como el trayecto a pie hasta la estación de tren y todo lo que se ve en él, o el registro de un documento oficial, se poetizan de manera suprema; otras, es la pasión, el amor, la impotencia, el deseo, el miedo, todas esas grandes, universales y eternas emociones, pero también trasladadas a aquello más cotidiano - no puc espolsar, distretament, les molles de pa de la teva falda (no puedo limpiar, distraídamente, las migas de pan de tu falda"-; otras, es un sólo verso el que toma presencia de imagen -hi ha records que em pugen pel clatell amb la lleugera agilitat dels insectes (hay recuerdos que me suben por la nuca con la ligera agilidad de los insectos), y siempre imágenes cercanas. No creo que sea necesario maquillar y vestir este libro con palabras grandilocuentes. Se basta por si sólo para brillar".
La gente empezó a murmurar, el escritor presentador-poetívoro se revolvía en su silla, el autor me miraba sonriente con un gesto de complicidad fraternal. Eso me animó y continué:
"Por favor, déjenme leerles el poema que, para mí, lo resume todo. Déjenme leerlo mientras a unos les pica la nariz, otros se sienten incómodos en estas sillas de plástico, otros no entiendan nada, algunos escriban un sms a alguien, muchos otros están expectantes, déjenme leerlo y entenderán mejor lo que digo..."
El organizador del evento me hizo subir a la tarima. Las piernas me temblaban porque soy tímida. Sin embargo, la empresa requería de mi valentía:
"Inventari...inventario -empecé-...el somriure de gairell de la lluna, blanc i lluminós. La redonesa polida de les columnes de la barana del terrat. El gesmirel descarat fent rierols de verd sobre el mur escrotonat per la pluja. La besada incorpòria del vent sobre la meva pell mullada. La flaire de la llima acabada de tallar. El so intermitent del rellotge de la cuina, com una ungla impertinent sobre la fusta d'una taula. El pessic de safrà escampat pel marbre fosc del taulell...- y así continué, enumerando bellezas cotidianas -(...), l'agredolça evidència (la agridulce evidencia) de saber que vius (de saber que vives) escampada en detalls (esparcida en detalles) per l'univers que travesse (por el universo que atravieso).
Me pareció ver una lágrima en los ojos del escritor, una lágrima pequeña y cotidiana. Pero no recuerdo nada más. Porque me desmayé.

*Con todo mi cariño, que el autor me perdone el atrevimiento. Los acontecimientos son inventados, los poemas y las emociones, verdaderos y mi recomendación, sincera.

martes, 10 de enero de 2012

Extraña expedición de Conquista

Era una extraña expedición de conquista: los tres tenían el mundo en sus manos, un mundo para cada uno, ojo! y viajaban -sin embargo- a bordo de la media luna. Lo más curioso, dejando a parte el lugar dónde se dirigían, era que el capitán de la expedición era un gato, un gato erguido y persa, que no mandaba nada, sólo se mantenía sentado sobre la popa de la luna maullando a gusto o a disgusto según lo ocasión.
Los tres componentes, un poco guerreros y muy vikingos, parecían los tres hermanos de la fábula de Silvio Rodríguez: uno, siempre pendiente del futuro, oteando el horizonte; otro, ensimismado en el ahora, un poco perdido en realidad, sin ver tampoco nada; el último, mirando todo el tiempo el casco de la luna a sus pies, sin ver ni más allá ni más acá. 
Los tres, como digo, tenían un mundo distinto en sus brazos, que muchos confundían desde lejos creyendo que eran corazas para protegerse. Pero sólo era su mundo. Y así surcaban cielos, tierras y mares día tras día, noche tras noche... ¿dirigiéndose a dónde? ¿tú lo sabes?

lunes, 9 de enero de 2012

Mi amor

domingo, 8 de enero de 2012