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martes, 27 de diciembre de 2011

lunes, 26 de diciembre de 2011

Canción de la buena cuidadora



No era buena anfitriona, no era buena cocinera, no era buena cuidadora, ni siquiera buena ama de casa. Tan sólo esa canción, sólo esa canción, como un mágico abracadabra, conseguía convertirla en una mujer útil y práctica. El resto del tiempo, sólo volaba. Para regocijo de Oliverio Girondo.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Autorretrato sobre la espalda del dragón

El dragón, con sus escamas brillantes, medio pez y medio ave, monstruo que todos tenemos fuera o dentro, el dragón, espejo repetido de lo que somos y hacemos en las imágenes de lo que son los otros con y para nosotros. 
Y yo, pequeña, sólo una punta de una escama de la gran espalda que lo contiene todo. Yo, mirando con ojos limpios todavía, a pesar de los múltiples intentos del monstruo para doblegar mi ánimo. 
Y tú, que me acaricias con los ojos y las palabras, y me acompañas como una cometa atada a mi dedo. Estás lejos, pero estás.
Y tú, que me meces en silencios y orgullos, y me acompañas y desacompañas como un sol en día de nubes.
Y tú, que me borras y me hieres como un castigo injusto e inaceptable.
Y tú, que me atiendes y me sonríes y estás cuando tienes que estar, perfectamente sincronizada con la necesidad que puedo tener de ti.
Y tú, que no te veo pero te siento.
Y tú, que con la edad cada día muestras más tu negrura y te expones torpemente una y otra vez ante mi comprensión y confianza, que escúchame, tiene un límite.
Y tú, que te levanto.
Y tú, que me levantas.
Y tú, que me pisas. 
Y tú, que me pisarías si pudieras.
Y tú, que poetizas todas las cosas para que las horas me sean tiernas.
Y todos en todas las escamas de la espalda de dragón, que a veces es un dragón chino, sabio y mágico y otras uno medieval, de esos que raptan pasiones y se enfrentan por ellas. 
Volandoooooooooo, volando sobre la ciudad pequeña. 
Qué pequeña desde aquí. Volandoooooooooooooooooooooooooooooooooooooo


Cierta tristeza

Sobre la argolla plateada de la lápida alguien había atado un rosario. No había flores ni fotos, sólo aquel símbolo solitario, gris sobre la piedra gris sobre el cielo gris sobre el alma gris. A pesar de ello, la tristeza no era extrema, más bien suave, contenida, como un ligero escozor, un puntito de nostalgia, un hormigueo en los dedos, un desazón en la boca del estómago, sería el cava. 
Habían sido pocos en la casa, una familia reducida que todavía no había podido dedicarse a aumentar para compensar cuando algunos faltaran. Y tenía miedo, este sí que terrorífico, a ir restando presencias hasta que las fiestas fueran un desencuentro solitario de nostalgias. 
Pero el camino estaba tomado: jamás su casa sería un hogar lleno de niños ilusionados, ni de carcajadas embriagadas, ni de músicas altas, ropas con lentejuelas, bailes frenéticos y complicidades extremas. Eran pocos y comedidos. Eran pocos y tranquilos. Gris sobre el gris sobre el gris sobre el gris.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Seguimos en la estación

Seguimos en la estación. Esperando. Ese lugar de tránsito que aúna vidas y quehaceres. Los trenes llevan retraso y los operarios no explican. No sé porqué se enfadan tanto. La vida también es así. Aunque nos gustaría, nadie nos cuenta de dónde viene esa desgracia ni ese premio ni por qué.
Una dice que no piensa pagar el trayecto. Estúpida soñadora utópica. ¿Acaso dejas de pagar en la vida aunque el servicio no sea el deseado? En realidad, me enternece. Cree y siente lo que dice.
Muchos más están indignados. Se quejan, maldicen, murmuran, se crispan. Ellos no. Ellos siguen en la estación besándose. Estarán agradecidos por ese retraso que dilata su despedida. Siempre puede sacarse algo positivo.
Poco a poco, el anden se va llenando de gente. Achico los ojos y así me alejo un poco de la escena y, viéndoles más pequeños y lejanos, tengo la sensación que son como esos caracolitos que se reúnen sobre una rama seca en el verano, bien apretados a dormir el calor. Pero no, éstos se mueven demasiado, no, son como hormigas devorando un insecto o como una flor abriéndose a velocidad extrema, los dos ejemplos son válidos y reales, no tengo preferencias. Sé que usando el primero se me tacharía de oscura y usando el segundo, de cursi. Pero no tengo preferencias, de verdad, ambas visiones están contenidas en mi.
Sigo observando. Tibia. Finalmente llega el tren. Y todos se lanzan en avalancha a penetrarlo. Se empujan, se miran de reojo, se aceleran. Lo hacen, a pesar de que saben que hay asientos para todos y que la máquina tardará todavía unos minutos a ponerse en marcha.
Los amantes siguen besándose. En cuanto se acomodan los pasajeros, ellos despegan sus labios un instante, y cogidos de la mano, se dirigen al vagón donde también yo pensaba sentarme. Les admiro. No iban a despedirse, sólo se amaban, con esa intensidad brutal de las tragedias. No pretenden hacer nada extraordinario esta noche, tal vez sólo sentarse en casa a ver la televisión y seguir besándose, como si no hubiera trenes que pasaran, sólo amándose.
De pronto, siento una tristeza infinita. Y decido no coger el tren, seguiré esperando. Después de todo, es lo que se espera de mi. Olvidé decirlo, soy la máquina de los refrescos.

El probador

Aquel era un lugar bien extraño: en una de las arterias comerciales más conocidas de la ciudad, justo al lado de una fuente se abría un pequeño patio interior y allí en un cartel luminoso, estéticamente desubicado, y con una gran flecha de neón, se podía leer "Probadores". Me extrañé: no había ninguna tienda alrededor. Pero la curiosidad era demasiado fuerte así que me acerqué despacio buscando alguien que me diera alguna respuesta. Pero no había nadie, sólo la escultura de un niño negro con rasgos blancos.  
Una cortina de terciopelo color añil, pesada como las de las iglesias, separaba el probador del exterior. La aparté con dificultades y entré. Entonces sonó una música de violines y una voz en off, grave y masculina, me invitó a cambiarme de ropa.
- ¿Què ropa? -respondí bajito-, no hay ninguna ropa.
De repente, apareció ante mi un traje gris perla: falda de tubo hasta la rodilla, camisa blanca semitransparente, chaqueta entallada, medias de seda, zapatos negros de tacón a lo Letizia y un pequeño bolso también negro incrustado de cristales que formaban una gran C.
- Pruébatelo -ordenó la voz en off-, y serás una persona nueva mientras lo lleves.
No pude resistirme y así lo hice. De repente, mi pelo alborotado se definió en rizos brillantes y elásticos y en mi rostro, normalmente, limpio, las pestañas se me multiplicaron, los labios adquirieron un brillo gloss muy acorde con los cristales del bolso y mis mejillas un tono rosado artificial pero elegante. 
Salí del probador y mis pies iniciaron un camino desconocido. Sin voluntad propia fui capaz de entrar en un gabinete de abogados, atender a varios clientes, almorzar con un fiscal y mi secretaria en una arrocería de lujo, tener sexo, puro sexo a media tarde y de pie, en el cuartito de las fotocopiadoras, con el joven becario del gabinete y a última hora de la tarde recibir un masaje relajante con exfoliación y baño de espuma.
Al día siguiente, de camino al trabajo, paré de nuevo enfrente del probador. De ahí salí con un vestido de lana a rayas de colores, unos leotardos granate de lana, unos botines de piel girada y un abrigo a cuadros con botones muy grandes, como de payaso. En la solapa llevaba una libélula de tela, echa a mano, y en mis orejas pendientes de ganchillo. Mi pelo, de nuevo alborotado, tenía reflejos caoba, y con la cara bien lavada, me dirigí a mi clase de patchwork, antes de pasar por el mercado ecológico para reservarme la comida del mediodía, impartir las clases de inglés a los chicos de bachiller, las clases de repaso a los niños de primaria y a última hora, la de informática a los ancianos del barrio.
Y así estuve durante un mes, haciendo probaturas de vida, cada día algo diferente. No sabéis cómo aprendí. Lo jodido, y que Dios me perdone por lo impropio de esta palabra, es que ayer me vestí de monja y hoy, Santo Cielo!, el probador ya no estaba.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Un te en Babel

Esto es Babel. Incluso cuando hablamos el mismo idioma, con sus mismas preposiciones y sus mismos condicionales. Y aún cuando mis tiempos verbales son frescos y respiran equinoccios, siempre habrá algunos que entenderán en pluscuamperfecto. 
Sigue maravillándome cómo un mismo gesto puede crear reacciones diferentes: los limpios y luminosos, que te agradecen y comparten; los silenciosos, que nunca devolverán el gesto y las razones permanecerán ocultas como un papiro secreto de otros tiempos; los egocéntricos, que se ofenden porque tu gesto no ha sido exclusivo para ellos; los fríos, que cordialmente y friamente te devuelven el gesto como si fuera un boomerang, pero sin ningún sentimiento; los entusiastas, que abren ventanas y puertas como si una ráfaga de viento las hubiera movido, pero que igualmente pueden permanecer cerrados, con las cortinas puestas, durante mucho tiempo; los sinceros, que disfrutan siempre y lo demuestran; los indiferentes, que no entienden; los oscuros, que se carcomen; los incrédulos, que nunca van a creerte...
Y en otro orden de cosas...esto es Babel y mi lucha no es la suya. Yo quiero un gesto de apertura, una inflexibilidad menos, un orgullo sano, un aprendizaje global. Sin embargo, ellos se aferran con uñas y dientes a lo aprendido, a unas leyes inaplicables, a un miedo estúpido, al modelo de lo que creen deber ser. Creen. Deber. Ser. Demasiados verbos sin conjugar adecuadamente.

martes, 20 de diciembre de 2011

El club de los fantasmas que no sabían atravesar paredes

El club de los fantasmas que no sabían atravesar paredes estaba formado por cuatro infelices desencarnados que, genéticamente, eran incapaces de aprender el arte natural de atravesar la materia. Como eso era algo extrañísimo dentro del submundo de los espectros, se los había considerado pacientes de una enfermedad rara y nadie había hecho nada para solucionar su problema.
En los inicios de su periplo, los pobres habían intentado una y otra vez ser normales, pero sólo habían recibido golpes (de las paredes, claro) y frustración. Se constituyeron en club y recorrieron el mundo buscando a sus semejantes, pero nada. De manera efectiva comprobada, los fantasmas que no sabían atravesar paredes sólo eran cuatro, así que terminaron por aceptarlo y cada uno se marcho a su lugar favorito , eso sí, comprometiéndose a estar muy cerca de las paredes por si en algún momento cambiaba su estado. 
El fantasma de la meretriz subió a la fachada de un teatro en una pequeña ciudad mediterránea, donde el buen  tiempo la dejaba permanecer desnuda sin pasar frío.
El fantasma del adolescente noruego que murió atropellado por aquel tren después que su compañero de orquesta, envidioso de su virtuísmo, lo lanzara a a las vías, decidió formar parte del friso musical de un palacio de Valencia y allí tocaba la flauta y el tambor como si fuera un ángel anunciando el juicio final.
El fantasma de la profesora envenenada por su amante se convirtió en ángel custodio del tiempo en la fachada de un palacio de Justicia. Sabía que el tiempo corría y quería dedicarse a recordarlo a aquellos vivos que a menudo lo echaban a la basura.
Y finalmente yo mismo, el cuarto fantasma, que no tengo oficio ni beneficio. Simplemente estoy sentado en la portada de la catedral de Lleida esperando que ocurra el milagro.

Nosotros, los cuatro miembros del Club de los fantasmas que no sabemos atravesar paredes, nosotros, los raros, los diferentes, los inútiles, os deseamos a todos unas fiestas felices. Y, tranquilos, no nos tengáis miedo: no podemos colarnos en vuestras casas.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Buenas noches

El sueño es una ventana en la que nos asomamos distraídos para encontrarnos en algún momento en que la niebla se aligera.
En el sueño nos amamos mientras los personajes de circo se cuelan en el argumento: una foca asesina, el príncipe Felipe, un bigotudo con aspecto de forzudo del siglo pasado, dos gemelas y un arlequín sospechosamente próximos... En el sueño nos asomamos y nos vemos, nos amamos y no nos huimos, nos quedamos y nos confundimos, nos hablamos y nos sentimos. 
En el sueño no me preocupa desearte y que me desees, no me pregunto nada, sólo siento. Lo sabes, siempre será nuestra ventana. Buenas noches...

sábado, 17 de diciembre de 2011

La canción del emigrante



Ayad es casi dos veces más grande que yo. En cuerpo, en edad y en corazón. Sin embargo me trata como si la grande fuera yo, como si el saber las letras fuera más importante que ser capaz de emigrar a un país extranjero y luchar todos los días por vencer diferencias e indiferencias. Adoro su sonrisa amplia, incluso adoro su manera de mirarme el culo cuando escribo en la pizarra, adoro verle como un niño grande ganando una carrera cuando, por primera vez, es capaz de leer una palabra.
Nada tiene dos años. Viene de la mano de su mamá Fátima y lo revoluciona todo. Tiene tendencia a pintar las paredes, pero ya ha aprendido a mirarme antes y a dejar de hacerlo después. Repite algunas de mis palabras como un lorito. Adoro su forma de sorprenderse cuando descubre mis pendientes. Ya es nuestro ritual: yo le dejo ver mis pendientes y ella se porta mejor.
Amina apenas aprende nada. Lleva tres meses estancada en las vocales. Si sienta derrotada en la clase y copia perfectamente lo que no se atreve a aprender. También repite alguna de mis palabras como un lorito, pero con ella no puedo establecer ningún ritual todavía. Me mira de reojo y copia, me mira de reojo y copia. Alguna vez ha sonreído, pero pocas.
Miloud nunca ha dejado de venir a clase. Ni un sólo día. Hablaba en infinitivo cuando llegó y ahora conjuga perfectamente y después ríe a carcajadas contagiosas que huelen a tabaco, para celebrar su éxito. Sin embargo, su trabajo sigue estando en la sombra del pino de la estación de tren. 
Zineb hace tatuajes de henna. Se maquilla como si se tatuara, se coloca la chilaba amarilla y rosa, las lentillas verdes y los zapatos de tacón y llega como un vendaval, como un disfraz entre reina mora y drac queen. 
Podría continuar retratando. Son más de 100. Pero todos tienen algo en común: esa lucha constante por trascender tópicos y prejuicios, esa capacidad infinita por encajar juicios e injurias, esa gratitud inmensa cuando se les trata con respeto.
Por ellos, estamos luchando estos días.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Con I de ironía e idiotez



Pensaba que en esta vida o se era irónico o se era idiota. Por supuesto, se consideraba del primer grupo, a pesar que ese planteamiento dual y tan simplista era, precisamente e irónicamente, muy idiota. 
Sí que era cierto que la sutileza de la ironía requería de una mente sagaz y abierta, de unos reflejos rápidos, a veces incluso de una misantropía declarada, de un lenguaje elaborado y una postura a veces nihilista y otras beligerante. Sin embargo, la base emocional de la ironía -ya que se basaba en la incapacidad (aunque aparentemente voluntaria) de decir abiertamente lo que se quería decir- era tan pobre como la intelectual lo era para un idiota así que en esos términos no había mucha diferencia entre uno y otro.
El irónico emocionalmente idiota, vivía de alquiler en un garaje convertido en estudio en el barrio de la Sagrada Familia de Barcelona, decorado con muebles de Ikea, que a menudo eran blanco de sus ironías, principalmente porque no los había elegido él, sino su casera.
En el piso de arriba, vivía una enfermera con bastantes turnos de noche, y que no dejaba de molestarlo con sus taconeos y trajines nocturnos.
- Buenos días -le dijo una mañana de domingo que se encontraron en la entrada de la casa-, ¿qué tal el cordero que tienes en el salón de casa? ¿ya lo sacrificaste para las fiestas?
- ¿Qué cordero? -preguntó tontamente la enfermera.
- ¿No tienes un cordero? Le escucho pasear por la casa algunas noches, golpear los muebles...
La enfermera, que no era idiota -ni normalmente irónica- captó enseguida la intención de su vecino.
- No es un cordero, es la cerda de la pareja del cerdo que hay en tu piso.
- ¿Qué cerdo? -preguntó él entonces.
- El que gruñe a todas horas.
Después de eso, ambos sonrieron y se dieron la espalda. Tontamente e irónicamente, así empezó su romance.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Luciérnagas y sombras

Algunas noches de verano, salían los tres, después de cenar, a pasear por la playa. La tenían a cinco minutos de la casa y ella balanceaba sus seis años a derecha e izquierda colgándose primero de su madre y después de su padre, haciendo que el camino pasara sin darse cuenta. Porque lo que a ella le gustaba realmente, era el ritual que empezaba entonces. Primero paseaban con los pies descalzos dentro del agua, después elegían un lugar tranquilo y papá encendía velas y farolillos haciendo un círculo de protección lumínica. Mientras, mamá y ella extendían toallas sobre la arena, abrían la mochila verde de la escuela y esparcían cuentos y fotos. Después se acurrucaban los tres, en un abrazo único y los miraban a la luz de las velas. 
Lo primero que aprendió de esas noches de verano fue que los farolillos producían unas sombras largas sobre la arena. Lo segundo, que esa luz atraía a las luciérnagas. Lo tercero, que esa realidad natural -las sombras sólo existen al lado de la luz / la luz atrae más luz- acabaría aplicándolo metafóricamente demasiadas veces en su vida de adulta: siempre había algún ser oscuro que emergía de las sombras -una amiga envidiosa, un compañero de trabajo malintencionado, un familiar amargado...-; aunque lo compensaban otros seres lumínicos que se acercaban atraídos por la luz. 
Al principio, se deprimía y se cuestionaba. "¿Pero yo qué he hecho o dicho para que me envidie / hiera / amargue? Pronto entendió: era su propia luz la que les hacía a ellos proyectar sus sombras. 
Le dio lástima. Pero no podía dejar de brillar. De hecho, brillaba más. Claro, por comparación.

martes, 13 de diciembre de 2011

Hacia la torre

Subía y bajaba su escalera de caracol varias veces al año. No por voluntad propia -la agotaba y la ponía al límite-, sino obligada por su ímpetu. El de él, quería decir. Porque resultaba que su vida no sólo tenía de extraño vivir en un apartamentito con escalera de caracol, sino que además lo compartía con un mago de circo algo caduco. Cuando al mago le daba por renovar sus trucos y ensayar usándola de cobaya en el lanzamiento de cuchillos, el triple corte con la guillotina mágica, la desaparición espectacular a cambio del tigre de bengala o el estiramiento de cuello y extremidades, no le quedaba más remedio que huir escaleras de caracol arriba y refugiarse en su torre de marfil, minúscula pero habitable. 
El mago casi nunca la seguía. "Te espero aquí abajo" -le gritaba burlón, seguro de que ella acabaría volviendo cuando tuviera más hambre o frío de lo soportable, cuando las ansias por hablarle la convirtiera, de nuevo, en conejo que guardar en su chistera. 
Sin embargo esa última escapada había sido diferente. Durante meses, sin que el mago lo supiera, se había aprovisionado de comestibles y agua, mantas, perfumes, libros y cuadernos, un teléfono y un ordenador, había practicado tanto zen como para sobrevivir comiendo un dátil diario y un dedito de agua, había avisado a amigos y enemigos de que iba a hacer un largo viaje y se había encerrado allí, en su torre, dispuesta a aguantar estoicamente un tiempo, el suficiente para que el mago de circo dejara sus trucos baratos y consiguiera hacer magia con el corazón, como la que hacen algunos niños y algunos ángeles. 

lunes, 12 de diciembre de 2011

Voyeaur

Miraba las cosas a través de algo, siempre a escondidas, en silencio y soledad. Miraba a sus seres queridos a través de la pantalla del ordenador; a su vecina, la modelo, a través de las cortinas del comedor; a las del rellano, a través de la mirilla; a los animales, a través de la televisión. Miraba a su esposa a través de su miopía porque no le gustaba, en realidad, y no soportaba verla al detalle; las fiestas de la calle, a través de su balcón; las enseñanzas, a través de sus prejuicios. Miraba la vida tras su reja de seguridad y cierto que le gustaba mirar, mucho, pero jamás participar. Que dolía...

domingo, 11 de diciembre de 2011

La hucha


Tengo una hucha secreta que parece un libro antiguo y ahí dentro, en lugar de una pistola pesada y brillante o un pequeño frasco de veneno mortal -como sería propio-, guardo los dineros pequeños que despreciamos día a día. 
Como una avara de otro tiempo, anoche conté las moneditas de 1, 2, 5 y 10 céntimos que contenía mi secreta hucha-libro y tras dos años sin tocarla -después de un duro verano en el que tuve que recurrir a ella para comprar el pan unos días- me encontré 30 euritos. 
Todavía escucho las carcajadas de todos los usureros pasados y presentes cuestionando mi capacidad de ahorro. Sé que es poco, pero ya les daré un buen uso, algún pequeño uso como su leve tintineo. No compensará ninguna carencia, pero tal vez arranque alguna sonrisa breve. 

Mujer


Mujer, porque llevas falda y tus pechos alimonados se marcan en la tela de tu vestir; porque las flores te enmarcan y el aire que respiras es un arabesco que no deja de fluir. 
Mujer, porque nada es sencillo a tu lado; porque ostentas el rojo incluso cuando vas vestida de piedra, porque cantas mientras las penas bailan y los cuervos graznan. 
Mujer, porque tienes pies pequeños y tus pasos parecen cortos; porque vas de perfil sobre la velocidad de las cosas atenta a todos los ángulos; porque hermosa o fea, luminosa o negra, tienes la tierra en tu vientre y la verdad en tus manos.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Hacia el norte

Hubo un tiempo en que pensó que los dos se dirigían, juntos, hacia el norte. Eran dos peregrinos en busca de paz y respuestas, tal vez no en ese orden. Sin embargo ahora sabía que estaban en latitudes opuestas: donde ella ponía amorosidad, él veía manipulación; donde él ponía independencia, ella veía desprecio. No se entendían. Y se agotaron. 
Ella sentía que no podía estar justificando continuamente su manera de ser, explicando, analizando, forzando la armonía. Todos sus gestos eran entendidos como egoístas y orgullosos, todas sus caricias eran manipulaciones o controles. Todas sus esperanzas, castraciones. 
Explicó disfrazada y explicó desnuda, explicó de pie y sentada, haciendo malabarismos o tumbada en la hierba, a gritos o susurrando, contando cuentos chinos o callando, explicó y explicó, pero él no la entendía. Y viceversa. 
Por eso era el momento de concluir el esfuerzo. Lo habían intentado durante años, pero no habían sabido hacerlo. Ella se sentó debajo de un nogal desnudo y se sinceró con ella misma: ¿qué había aprendido? a creer en si misma; a amar su propia forma de amar; a entender que nada es lo que parece, pero sin duda lo que parece a cada uno, es lo que es; a aceptar que no se puede unir el agua con el aceite; a ver que algunas personas se boicotean continuamente; a creer más en los hechos que no en las palabras, a saber que el amor verdadero ES siempre.
Algunas hojas amarillas se arremolinaron sobre sus pies después que un viento intenso y extraño soplara súbitamente. "Después de todo -pensó- ya estoy en mi norte ahora. Tendré mil vidas más para cambiar de rumbo, si quiero". Y se despidió de él, mentalmente, con una caricia en la mejilla y un beso suave en sus ojos antiguos y pequeños, menos sabios de lo que él pensaba, a su modo de entender. Le dio las gracias, eso siempre y deseo que encontrara su paz y su norte.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Ana tiene 30 años




Ana tiene 30 años y ha podido contemplar cerca de 11.000 atardeceres. No lo ha hecho, evidentemente, porque es humana y los humanos no podemos estar poetizando todo el tiempo. Ella además de mirar cielos como éstos, los ha visto en los ojos de sus seres queridos, en las pequeñas cosas que le han provocado la risa, en las personas que pueblan su universo como el señor del bigote, en sus amoríos y sus amores, en sus ganas de mejorar, en sus sueños y sus esfuerzos, en sus chistes y su música, en las cosas de todos los días, pequeñas, feas o hermosas, pequeñas. 
Ana tiene 30 años y cerca de 11.000 cielos hermosos a sus pies y eso no se padece, se celebra. Cielito, felicidades!

jueves, 8 de diciembre de 2011

El Gato Paco

La dueña buscaba a Paco desde su balcón. Él, impasible en el portal, me miraba quieto convencido de que yo entendería que ese no era un nombre para él. Hinchaba, sin inmutarse, su linaje persa, su placidez zen, su libertad de felino independiente mientras la dueña gritaba "a comer" y la callejuela olía a pescado hervido.
El gato Paco tenía una deuda kármica que cumplir. Después de sus siete vidas de gato, reencarnaría en persona. Me lo decían sus ojos azules. 
La dueña me gritó a mí: ¿está ahí el gato? Está -respondí. Y sentí haberle traicionado, pero tenía que pasarlo para limpiar su deuda. Él se estiró a modo de saludo y recibió a la dueña con la misma impasibilidad de antes.  Yo continué caminando por la callejuela empedrada. Un arco ojival pintado del mismo azul que los ojos del gato, se me tragó, como una turista más, hacia la cima donde estaba el castillo.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Cuerdas de laúd

Me haces vibrar tocando con maestría las cuerdas que me musican. Ya sabes muy bien dónde están, cómo mantener el acorde el tiempo suficiente, cuál es la cadencia que me activa, el silencio que me suspende en un estado de placidez, el ritmo que necesito para volver a empezar. Me tocas con las uñas y con las yemas y yo canto y me arremolino en tus manos y soy tu instrumento. Todas las demás melodías no caben en nuestro universo. Míralos, pueden disfrutar escuchándonos, pero esta música es nuestra.

martes, 6 de diciembre de 2011

Los tejados y otras cosas

 Valencia desde "El Miguelete"
 Xàtiva desde el Castillo
 Tres kilos de naranjas, un euro...
 Subiendo hacia el castillo de Xátiva
 El castillo...


 L'Albufera de Valencia


 Valencia de noche y un violinista
Cerámica valenciana

jueves, 1 de diciembre de 2011

El descanso del guerrero

Unos días de descanso. Limpiarme -o tal vez abrir las heridas-, pasearme por los tejados, ser gato con botas...¡Hasta la vuelta!

miércoles, 30 de noviembre de 2011

La bruja

Lo primero que me sorprendió, cuando llegué a su casa, fue ese jardín de rosas sin hojas ni espinas. Contrariamente al efecto que deberían provocar, me desconcertaron: hace tiempo que sé que en la vida la dualidad forma un todo y lo artificial y extraño es pretender que todo sea un jardín de rosas fragantes y hermosas. Supe entonces que aquella visita me daría un buen fruto.
Me la habían recomendado efusivamente: "Es extraordinaria -me dijo un amigo- lo adivina todo: el pasado, el presente y el futuro". 
Yo no soy dada a querer anticipar nada, me gustan las sorpresas, pero estos días estaba liada con un asunto y decidí pedir consejo, así que me animé a probar la experiencia. 
Me recibió vestida de seda turquesa. Parecía más una prostituta ajada que no una vidente, pero tenía una fuerza en su mirada verde difícil de definir, que la hacía contundente. 
Lo cierto es que no me dijo nada que no pudiera adivinar por mis gestos o mis explicaciones, hábilmente pescadas con sus frases sin acabar y sus miradas de reojo, ni tampoco nada que no pudiera imaginar y adornar con una dialéctica cuidada y sugerente. 
Sin embargo, me alegré muchísimo de haberla visitado porque una frase suya me abrió el entendimiento. Me dijo: "Cariño, veo que en tus vidas pasadas padeciste mucho. En una, mataste una hija para evitarle un sufrimiento peor y el dolor de haberte equivocado te ha perseguido siempre. En otra, fuiste abandonada en alta mar para castigar tu adulterio y desde entonces estás esclavizada a la fidelidad. En otra, padeciste la erupción de un volcán en solitario, qué terror sentías mi niña, ahí sola mientras todos corrían en todas direcciones; no soportas las muchedumbres desde entonces. En otra, te enterraron viva en una pirámide, por eso eres claustrofóbica. En otra, fuiste ultrajada y usada, por dedicarte a la prostitución. En otra, fuiste una drogadicta callejera también despreciada y humillada. De ahí, tu orgullo tan marcado. En otra, abandonaste y negaste a tu amor judío por miedo a las represalias y él murió por amarte. Tienes que compensarlo. En otra fuiste quemada viva acusada falsamente de brujería y ya difícilmente confías en nadie. Pero en todas, cariño, viniste a aprender algo y así sigue siendo. Nos reencarnamos conscientemente para aprender una lección, no debes olvidarlo, ni luchar contra ello".
"Entonces -le repliqué mi revelación-, no existe ningún consejo a seguir, ninguno es válido porque nadie ajeno a mí sabe por qué estoy aquí. Me dijeron "tienes que amarte primero a ti misma para poder amar a los demás mejor, tienes que aprender a estar sola, para disfrutar de la compañía, tienes que abandonar el egoísmo y el orgullo, tienes que vivir el presente, tienes que gozar" pero este consejo tal vez es válido para otros, no necesariamente para mí. Si soy lo que elegí ser antes de reencarnarme, ¿por qué pretender cambiar? ¿por qué buscar respuestas en el futuro? No me sirves tú, no me sirve el filósofo, no me sirve el psicólogo, no me sirve el maestro espiritual, no me sirve la música, no me sirve la poesía, no me sirven los amigos...nada me sirve para encontrar respuestas. En realidad, no las necesito: soy lo que tengo que ser en esta vida"
La bruja sonrió mientras pasaba su dedo índice sobre la palma de mi mano. "Tu línea de la inteligencia -replicó- es asombrosamente larga"

martes, 29 de noviembre de 2011

Guía

No lo puedo evitar.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Recogepelotas



A Manolo nunca le había gustado el tenis pero desde que se había jubilado y había aparecido en escena el tenista Rafa Nadal, se había vuelto un gran aficionado. Se sentaba en su butacón de polipiel agrietada con una cerveza sin alcohol y unas aceitunitas rellenas de anchoas y se pasaba horas delante de la tele, mientras que María, su mujer, bordaba, tejía u hojeaba revistas de decoración. 
Sin embargo, Manolo no disfrutaba nada del tenis, de hecho no lo entendía: simplemente estaba totalmente hipnotizado por los/las recogepelotas.
Le fascinaba su posición de entrega, como guardianes romanos atentos a cualquier peligro. Los brazos hacia atrás, las piernas separadas, su arma siempre a punto: pelotas o toallas, su semblante serio y su servilismo. Si hubiera sido más joven también se fijaría en aquellas falditas cortas de algunas de ellas, pero ya no estaba para aquellas alegrías. Simplemente los observaba como si fueran animalillos de un documental, ara arriba, ahora abajo, ahora toalla, ahora pelota, ahora otra pelota y ni una sola sonrisa, no fueran a distraer a los tenistas.
- María -le preguntaba siempre a su mujer-,¿te gustaría ser recogepelotas?
- Manolo, no me toques las pelotas, anda...
Y así se zanjaba el diálogo, tan intrascendente como necesario en realidad. Como los recogepelotas.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Graffitis

Las ciudades, pintadas. Con esas letras goteantes e indescifrables. Palabras, frases sin lenguaje, sólo la comunicación en el propio gesto de la palabra escrita, en la mancha, en la marca, en la llamada de atención. Pasando inadvertidas a menudo, como una decoración urbana más. Así se sentía a veces, como si todo lo que hiciera simplemente fuera un graffiti en la pared. 
Se sentó en la terraza de un café y pidió un martini blanco. Mientras esperaba inició una oratoria mental..."¿Sabes? No actúo para llamar tu atención, no te reclamo amorosidad por egoísmo, no me preocupo por ti por necesidad de controlarte, no me quejo para hacerme la víctima, no estoy aquí para ensuciar tus días, no soy un graffiti fugaz y feo" 
El camarero, bronceado y sonriente, le trajo su bebida. Era muy amable, la miraba como si fuera un doctor complaciente. Ella, sin embargo, prefirió no seguirle la conversación. Se centró en su bebida, transparente, ligeramente dorada, dulce y amarga al mismo tiempo. 
"El único problema que hay en mí -continuó mentalmente- es seguir pensando en ti cuando me tratas como si fuera un grafitti. Aprende a leerme y yo aprenderé a hablarte"

sábado, 26 de noviembre de 2011

Otoño







viernes, 25 de noviembre de 2011

Libre albedrío



- Me siento satisfecha.
Todos la miraron extrañados. "Sí?" parecían preguntar sus ojos abiertos. "Vale, enhorabuena, pero no es necesario que nos lo cuentes."
Ella, sin embargo, insistió. Necesitaba compartirlo.
- Sí, muy satisfecha, plenamente satisfecha.
Todos le dieron la espalda y la ignoraron. Pensó que estaban en su derecho así que sin más insistencias salió del supermercado sin mirar atrás. 
Se había comprado una manzana verde, la lavó en una fuente y la mordió mientras miraba la gente y les saludaba con la mano. Casi todos la miraban seriamente, alguno enfocaba los ojos esforzándose por reconocerla, algún niño le devolvía el saludo y la sonrisa. 
Cuando hubo terminado la manzana prosiguió su camino. 
-"¿Cómo está?" iba preguntando al cruzarse con alguien. 
Nadie le contestaba. 
-"Yo estoy muy bien -decía ella-, muy satisfecha". 
Llegó a una plaza y allí se subió a un banco y empezó a cantar una canción. Alguien le tiró una moneda. 
-"No, no, no pido nada, canto porque estoy feliz". 
Prosiguió su particular camino de baldosas amarillas. Curiosamente nadie se atrevía a preguntarle por qué estaba tan feliz hasta que apoyada en un semáforo compartió el tiempo de espera con un anciano. Él fue el único que se atrevió a interesarse por su felicidad. 
-"Es que -le contó- soy libre. ¿Entiende? Todo lo que hago lo hago porque quiero, soy libre. Si aguanto las inflexibilidades de mi jefa es porque elijo hacerlo, si dejo que mi amigo me abandone es porque quiero que ocurra, si enfermo es porque mi cuerpo quiere descansar. Nada viene de fuera. Yo, elijo".
-"Guapa -le dijo él-, eso te crees tú...¿Acaso piensas que yo he elegido estar así?"
-"Por supuesto -contestó ella-, la alternativa a estar así sería la muerte"
-"Ay, chiquilla, y el día que muera, ¿también lo habré elegido?
-"Por supuesto, la alternativa a la muerte sería una condena vampírica: usted vivo en el mismo cuerpo estropeado mientras todos los demás murieran".
El semáforo cambió a verde. El paso de ella era mucho más ágil así que se despidió con una sonrisa: "libre albedrío..." dijo.
Un coche rojo, a toda velocidad, decidió libremente saltarse el semáforo. El cuerpo de ella voló a cien metros de distancia mientras el anciano sólo pudo gritar "chiquillaaaaaaaaa". Curiosamente la sangre no empañó su sonrisa: estaba satisfecha.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Lujuria

"No digas nada, relájate, amansa el pulso, deja de transpirar, mira a otro lado, olvida tu cuerpo, olvida -sobre todo- su cuerpo, no te culpes, no te desboques, serénate, medita, entiende...que el vacío que sientes no podrá llenarlo un cuerpo, ni un sexo, ni unos labios, ni una piel cálida, ni un rincón húmedo, nisiquiera podrá llenarlo la idea de que ese cuerpo, ese sexo, esos labios, esa piel cálida, ese rincón húmedo te aman. Ámate tú primero y después podrás amar sin lujuria".
Balanceaba sus tacones de vértigo mientras le hablaba, se erguía en la silla y luego se relajaba, entreabría la boca, se humedecía los labios, entornaba los ojos y estiraba la barbilla entre sus dedos como si fuera un tercer pezón, amasaba su pelo, rozaba su nuca, se mordía el dedo, respiraba muy cerca de su cara. Hacía mucho calor en ese infierno y a él le faltaban muchas clases todavía para aprender la lección y subir al aula con vistas al purgatorio.


martes, 22 de noviembre de 2011

Efectos secundarios




Lo secundario siempre lo había definido, dirigido y dibujado.
Era amante de las carreteras secundarias, por ahí se perdía siempre que le sobraban minutos, con su coche en segunda contemplando almendros o viñas.
Se fijaba siempre en los actores secundarios, aquellos que crecían a la sombra de los protagonistas, que a veces concentraban en una sola frase toda la esencia de la historia.
Los recuerdos más frágiles los tenía de secundaria cuando los días sabían a chicle y tenía granos sólo en la frente.
Cuando empezó a pintar en la academia de la Plaza de la Reina, aprendió rápidamente que los colores secundarios eran más ricos que los primarios, pero menos vistosos. No obstante, adoraba mezclar los segundos consiguiendo decenas de matices en los colores secundarios. Se negaba a pintar con primarios porque aunque eran más naïf y más vivos y alegres y más de vanguardia, los colores secundarios le parecían más elegantes y sugerentes, ideales para las pieles, los rincones, los iris y las brumas.
Contrariamente a lo que todos pensaban no estudió Bellas Artes, sinó diseño industrial, y estaba seguro que le determinó el hecho de que la industria fuera el sector económico secundario por excelencia.
Siempre leía los efectos secundarios de las medicinas y no sabía si por sugestión o por hipersensibilidad, los terminaba padeciendo.
A los cuarenta y dos años y en plena crisis personal, después de ser el plato secundario de una mujer casada, descubrió la ley de causa-efecto y con ella el efecto secundario más importante de la enfermedad de estar vivo: cobrar consciencia de que cada uno da lo que recibe y luego recibe lo que da, saber que nada se pierde, en realidad, que todo se transforma que no hay otra cosa. Y entonces respiró tranquilo y se recostó en el balcón de su casa, en segunda fila de la costa, donde no podía ver el mar pero sí olerlo, para perder el tiempo en cosas secundarias y disfrutarlas.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Iracundo

Le llamaban el mono iracundo porque, a diferencia del resto de los monos del zoo, se pasaba las tardes enganchado al cristal de su jaula, escupiendo los cristales y enojándose por las visitas. Todos decían que era un mono insoportable, pero lo cierto es que era el más lúcido de todos: simplemente no quería estar ahí. 
No había nacido en cautividad, nuestro mono iracundo, de hecho su destino era otro: aquella selva verde como el corazón de las esmeraldas, aquella humedad caliente y todas las lianas del mundo para viajar por las ramas, aquellos plátanos dorados y grandes, y todos esos peligros salvajes que le obligarían a ser más rápido, más ágil, más audaz o más inteligente. 
Sin embargo, nada más nacer, lo cazaron, lo vendieron, lo humanizaron y le obligaron a vivir en una casa lujosa al lado de muñecos inanimados, juguetes de colores, y un niño regordo y malcriado que le estiraba su pelo blanco y le metía los dedos en los ojos. 
Le mordió, claro, y aquellos hombres que parecían monos, lo golpearon entonces y lo tiraron desde un coche en marcha, hacia el fondo de una ladera, también verde como su selva. Pensaba que estaba en el paraíso de los monos, un lugar hecho a su medida, como todos los cielos imaginados, pero todavía no era su hora y alguien lo encontró, lo rescató, lo curó y lo encerró desde entonces en ese zoo. 
Ahora vivía con otros. Pero ellos no recordaban lo que era ser libre, ellos no podían estar enfadados.
El mono iracundo escupía a las visitas, pero el cristal le devolvía su propia saliva; golpeaba con sus puñitos, pero el cristal le crujía los huesos; se pegaba a él horas y horas sin comer, sin jugar, sin dormir, pero el cristal sólo le devolvía su imagen iracunda. 
El cristal, como la ira lo es para los iracundos, era su cárcel. Y es curioso, todos sabemos que el cristal es transparente y sólo puede verse cuando chocamos contra él. El mono iracundo nunca fue lo suficientemente humano como para saber que ignorándolo desaparecería a su vista, y aunque siguiera estando enjaulado, podría olvidarlo de vez en cuando.

domingo, 20 de noviembre de 2011

DULCINEA


La fascinación era su motor, su particular café con leche matinal que le permitía empezar el día con fuerza inyectándole en las venas ese pañuelo de gasa que le enturbiaba la mirada y hacía bello lo corriente y hacía supremo lo cotidiano. Lo sabía, pero no le importaba, de hecho estaba enganchado a la fascinación.
“Me fascinas”-murmuraba a los oídos de sus conquistas el día que se cansaba de su presencia. Ellas, vírgenes en temas de fascinación, lo tomaban como un cumplido o una declaración de amor, pero lo cierto es que era lo peor que podría decirles ya que era el reconocimiento de una fantasía y eso era el principio del fin.Pero esa vez iba a ser diferente. 
Hacía tiempo que la tenía en su pensamiento. La observaba en silencio moverse por los pasillos del supermercado colocando la verdura en sus cajas, transportando las cajas vacías hacia al almacén, etiquetando los precios y recolocando el género. Veía tan gráciles sus movimientos que parecía danzar en lugar de trabajar, su piel brillaba por el sudor congelado nada más aflorar a su piel, gracias al frío de las cámaras; su pelo recogido en aquella gorra poco favorecedora parecía un regalo a punto de abrirse, sus caderas y su trasero le invitaban a poseerla, cada vez que se agachaba a recoger una lechuga. La observaba en silencio y estaba seguro que era una mujer extraordinaria: un volcán en la cama, una dulzura en el día a día, una belleza interna y externa esperándolo solo a él.
Pronto deseó escuchar su voz así que una mañana se dirigió a ella para preguntarle el precio de las judías verdes. Lo cierto es que su voz resultó ser un poco aguda y su primera reacción fue de rechazo, pero poco a poco le sonó a flauta travesera o a canto de pájaro. También era cierto, que su vocabulario no era muy elevado pero su espontaneidad todavía le fascinaba. Pasó un tiempo prudencial en el que desplegó todos sus encantos hasta que logró una cita con ella. Lo cierto era que estaba casada y tenía dos hijos pequeños, pero decidió obviar ese pequeño detalle y concertó una cita un viernes por la noche, después de su turno de tarde.
Fueron a comer a un japonés, pero ella –contrariamente a lo que él había imaginado- odiaba el pescado crudo y se pasó toda la cena incómoda e inapetente. Para compensar el desacierto, habló por los codos esa noche, pero ella –contrariamente a lo que él había imaginado- era incapaz de seguir una conversación coherente y se pasó toda la noche nerviosa y soltando monosílabos. Para compensar la equivocación, después de cenar, la llevó a dar un paseo por la bahía, pero ella –contrariamente a lo que él había imaginado- se sentía tan culpable y tenía tanto miedo de que su marido o algún conocido les viera, que se pasó el tiempo con la cabeza cabizbaja retorciéndose las manos. Para compensar el desatino, se la llevó al coche y allí empezó a besarla, pero -contrariamente a lo que él había imaginado- su pelo olía a coliflor, sus manos a berengena y su cuello a col lombarda. Para compensar el despropósito le susurró al oído “me fascinas” y ella -contrariamente a lo que él había imaginado- empezó a reir como una loca, con una carcajada estridente y desagradable. 
Entonces explotó, la criticó, le gritó, la despreció, la juzgó, sacó toda su decepción y su ira y juró no volver a verla. Ella sonrió suavemente mientras bajaba del coche y una voz totalmente transformada, grave y càlida, sensual, irreal, le dijo: “Querido, todo esto te ha ocurrido por confundir la fascinación con el amor. Si algo o alguien que no conoces crece en tu pensamiento de manera irreal, no lo amas realmente, sólo amas la idea que te has hecho de ella. La fascinación es una trampa, una distracción, un sabotaje para no aprender a amar”. 
Lo cierto es que no volvió a verla en el supermercado y llegó a creer que todo lo había soñado. Pero desde ese día dejó de perseguir dulcineas.

sábado, 19 de noviembre de 2011

El orgullo


"El principal problema del orgulloso es la dificultad en encajar la ingratitud, el egoísmo y la falta de amor de otras personas hacia él, sobre todo si han establecido vínculos afectivos con ellas" (Vicent Guillem). 
Leyó y se miró en el espejo. Y después de muchos años de frustración y decepción, entendió. 
Cerró los ojos y se imaginó una fila de personas, de espaldas a ella. Todos llevaban trajes negros, trajes clásicos de vendedor de grandes almacenes o de azafata. Todos parecían iguales -de hecho todos le daban la espalda-, pero incluso sin ver sus caras, podía reconocerles: la curvatura de sus espaldas, la posición de sus pies, si sus cabezas se dirigían al suelo, al cielo o al horizonte, si su postura era tranquila o nerviosa. 
Les reconoció a todos por eso y porque cada uno llevaba en su mano una ingratitud concreta, en forma de ramo de flores. Unos llevaban rosas de pasión, de esas sangrantes en sus pétalos y en sus espinas; otros llevaban margaritas silvestres amarilleando los dedos; otros sostenían lirios blancos y alguno una exótica orquídea de pétalos como papel. Miraba sus espaldas y sus flores ingratas y entonces pensó: Ya no os culpo, no podíais darme otra cosa, no sabíais o no podíais. Lo encajo. Os amaba antes de recibir vuestras flores ingratas. Entonces, he de seguir amándoos, vosotros sois algo más que vuestras flores. Ninguna flor ingrata puede ya hacerme daño. Os lo hace a vosotros mismos si no sabéis reconocer el amor y respetarlo. Ya no os culpo. Y elijo continuar amando. 
En ese momento, todas las flores cayeron de sus manos y ellos se giraron a mirarla. Habían perdido sus trajes negros recuperando sus imágenes identificativas -aquella sus trajes negros de cuero, el otro sus pantalones vaqueros agujereados, aquella otra sus faldas a media pierna...- y, espontáneamente, rompieron la fila. Algunos sonreían desde lejos sin decirle nada pero mirando con gratitud, otros se despedían con sus manos y se alejaban plácidamente, algunos la abrazaron.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Peligros




No todos hemos crecido con los mismos peligros y temores. Los míos han sido las súbitas cataratas en las aguas mansas de un río; las traicioneras arenas movedizas sobre un páramo aparentemente seco; los caníbales hambrientos con complejo de bruja haciendo pócimas en calderos burbujeantes; los lobos feroces siempre embaucando a las caperucitas; los tiburones asesinos sorprendiendo en las aguas tranquilas del verano; los vampiros, los fantasmas y los zombies, esos siempre, en sus castillos repletos de pasadizos secretos; los laberintos imposibles de cruzar; las manzanas envenenadas; los robots gigantescos destruyendo las ciudades con un sólo paso. Todo fantasías, como podéis ver, pero que pueden ser buenas metáforas de los peligros reales que nos acechan. Es difícil cruzar tranquilo el bosque.

Boca seca

- Sr. Guzmán, ¿es cierto que hemos encontrado en el comedor de su casa una vitrina 3x6 metros llena de ejemplares de boletus venenosos cultivados presuntamente por usted con ánimo de envenenar a la víctima, como así ha ocurrido según nos consta por el informe toxicológico y las diligencias previas y finales de su autopsia?
El Sr. Guzmán abrió la boca para contestar, pero rápidamente se le cortó con una nueva pregunta:
- ¿No es cierto, Sr. Guzmán, que la noche pasada, la víctima había cenado en su casa? ¿No es cierto que antes de abandonar su vivienda ya le refirió algunos síntomas compatibles con el envenenamiento como la boca seca y pastosa, la acritud en las papilas gustativas, un ligero mareo y una orina persistente? ¿No es cierto que la víctima había pensado en dejar su relación y así se lo había comunicado esa misma noche? ¿No es cierto que tiene en su biblioteca un número importante de libros sobre micología, en cantidad igual que las obras escritas por Pedrolo, conocido autor de novela negra cuyos crímenes novelados podrían haberle servido de inspiración? ¿No es cierto, Sr. Guzmán, que usted planeó premeditadamente con nocturnidad y alevosía la muerte de la víctima?
- La víctima -contestó secamente el Sr. Guzmán- se colaba por fuerza día sí día no en mi casa, perturbando mi tranquilidad, mi vida familiar, mi plácida vejez. La víctima -prosiguió- no tenía intención de abandonar nuestra relación, Dios lo hubiera querido, que ya no sabía cómo echarla de casa. La víctima no me refirió ningún síntoma aunque reconozco que la vi tambalearse por el pasillo de casa, antes de perder el sentido. La víctima probó sola el contenido de la vitrina pues tenía esta odiosa costumbre de profanar todos los lugares cerrados. El número de libros que haya en mi biblioteca no tiene nada que ver con el caso que nos sucede y...si, planeé su muerte, pero finalmente su propia codicia la mató. No pueden culparme de nada, yo sólo estaba ahí, igual que los boletus.
Cerca del estrado, en una mesa frente el jurado, yacía el cadáver de la víctima. Su piel había adquirido un tono parduzco, sus ojos parecían salirse de las órbitas, sus manitas estaban crispadas, y su cola, por Dios, su cola erguida como un gancho.
- ¿Pero nos hemos vuelto todos locos? -gritó el Sr. Guzmán -, sólo es una rata, sólo es una rata!
- Según la nueva normativa europea -interrumpió el juez-, hay ratas más válidas que ciertas personas. Cadena perpetua!!

martes, 15 de noviembre de 2011

En las nubes

Le pasaba que, a menudo, no distinguía el cielo de la tierra. "Siempre estás en las nubes" era la letanía con la que creció, con alguna variante como "tantos pájaros en la cabeza". Lo cierto era que podía ver las nubes a su alrededor, para ella no era ninguna vergüenza, más bien, un don. Cuando las calles estaban mojadas y todo el mundo se quejaba por la lluvia, ella disfrutaba viendo las nubes reflejadas. Cuando un cristal caía al suelo y se hacía añicos, ella disfrutaba viendo las nubes multiplicadas. Cuando los pozos se abrían, ella disfrutaba viendo que contenían un poco de cielo. Cuando los enamorados brindaban en los jardines de verano, ella disfrutaba viendo el cielo dentro de sus copas.
Sin embargo un día fue consciente de una verdad evidente, pero hasta entonces olvidada: el mérito de que las nubes se reflejaran sobre los líquidos era exclusivamente del sol que los alumbraba. Sin sol no había reflejo, no había nada. "Tan a menudo -pensó- que culpamos o ensalzamos estando equivocados...Somos el sol, nosotros, sólo nosotros alumbramos, nosotros, sólo nosotros podemos poner los cielos en nuestras vidas acuáticas"

sábado, 12 de noviembre de 2011

Niños dentro

Tenemos niños dentro que, a su vez, tienen bebés colgando de sus manos tiernas, que a su vez se agarran a las extremidades jóvenes buscando un lugar más elevado y digno, como nuestros niños interiores se agarran a nuestras gestos, más de lo que seríamos capaces de entender o admitir. 
Él fue un niño feliz así que su madurez es risueña y relajada. Le gusta jugar con sus hijos al escondite, al pilla-pilla, a los monstruos y ríe con ellos a todas horas. Dicen por ahí que es poco responsable e incluso caprichoso, pero que es tierno como un bollo y tiene un encanto interior que le hace irresistible a los ojos sensibles.
El otro, sin embargo, fue un niño solitario, vapuleado por los otros niños, así que se ha negado a tener descendencia y observa a los hijos de los demás entre curioso y asqueado, como si fueran bichitos vertebrados o monstruos aparentemente humanos. Dicen por ahí que es un hombre recto y honesto, pero muy egoísta, algo taciturno y avaricioso, gran tesorero de los triunfos sociales y los billetes, eso sí, lo cual le hace irresistible a los ojos superficiales.
Yo les miraba hoy, como quien observa unas aves en un observatorio de pájaros, y he visto sus niños interiores colgando de sus espaldas, como mochilas invisibles pero permanentes. 
Después quería verme la mía, pero claro ahí detrás cualquiera la observa. No obstante la he sentido e intuido y, por supuesto, la he recordado: mi niña interior al principio era dulce como un caramelo, era asustadiza y dependiente, era vulnerable, era blanca como el talco y transparente como la lluvia. Mi niña interior era sensible, responsable y adulta, tímida y tranquila como un gatito sin instintos. Imaginaba mucho y dibujaba más, leía poco porque no sabía pero miraba todo lo que podía, soñaba a lo guionista de Hollywood y se acurrucaba en los brazos de los demás siempre que podía. Mi niña interior, de manera natural, idolatraba a sus amores mayores, les obedecía, callaba cuando se atemorizaba o no entendía, apenas lloraba, si lo hacía era por los demás: la abuela, el perro Bobby, la oveja ahogada, su hermano y el chichón, su amigo sordomudo... Y tenía mucho miedo de los ratones, la oscuridad, los Reyes Magos, las cabezas cortadas, los fantasmas, las muñecas antiguas, las pieles de zorro, el agua y las alturas.
Mi niña interior, ahora, pugna por salir tanto como los vuestros. Tiene miedo y tiene ganas de dulzura. Quiere brazos y protección. Y no se avergüenza por ello. Ahí la tengo, en mis manos, acariciándola, durmiéndose tranquila mientras mi yo adulta me trago los miedos, me bebo el ácido y me tomo la sal y disfrazo la necesidad de protección con un lujurioso traje de deseo como si fuera una cabaretera llamada Clementine.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Marcada



Le dibujaron con henna una flor de la pasión de diez pétalos y diez hojas, que crecía por el interior del antebrazo desde una espiral de tres vueltas justo en el nacimiento de la muñeca. La dibujante decidió el diseño espontáneamente y ella se dejó hacer. Estaría marcada unas semanas por ese sino de la flor naciente. Y le gustó.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Puedo escucharte si tú me hablas

Encontró la camiseta en un mercadillo callejero y aquel mensaje contundente le llamó la atención: "Esta camiseta puede escucharte si tú le hablas". 
Sonrió, se acerco a su manga derecha y le susurró: "quiero quererte pero no me dejas". Esperaba una respuesta, pero, claro, en ninguna parte decía que tuviera que responder. "Vaya -pensó- que camiseta más humana..." Y recordó las múltiples veces que le había pasado algo así o parecido: hablar por hablar, hablar sin escuchar, escuchar sin hablar, oír sin escuchar, esperar una respuesta que no llegaba...
Se acercó a la manga izquierda y le susurró: "perdóname". La camiseta no se inmutó.
La compró, claro, y se la puso esa misma mañana. Y fue entonces cuando la camiseta respondió, a través de todos los desconocidos que se acercaron a hablarle: nunca antes se había sentido tan querido ni había hecho tantos amigos tan fácilmente.