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viernes, 30 de septiembre de 2011

Amor y Fe

Se casaron en una playa de arena blanca de la isla tailandesa de Ko Chang, la isla elefante. Sus fortunas y excentricidades se lo podían permitir. No era una boda legal en España, pero realmente lo que les importaba era el rito y la fiesta. Querían -sobre todo él, creédme - una ceremonia llena de papeles de seda y velas aromáticas, de orquídeas y conchas marinas, de mucho blanco y oro, de licores y manjares deliciosos. Y además ambos creían en la frase de Kierkegaard: "Si te casas te lamentarás; si no te casas, también lo harás", así que no se lo pensaron dos veces.
Curiosamente no se regalaron anillos, sino dos piedras, cada una en una mitad de coco. Una piedra rezaba "Amor"; la otra decía "Fe". Juntas las mantuvieron al volver a casa, en el salón para las visitas de su ático de l'Eixample de Barcelona. Juntitas siempre, las piedras de la Fe y el Amor, cerca del Buda de marfil y los objetos exóticos de sus numerosos viajes, como una protección sagrada. 
Pero al año de vivir juntos, las peleas y los desencuentros se hicieron tan insoportables que terminaron, como tantos otros, rompiendo su relación. Se repartieron sus cosas amigablemente -a ninguno le faltaba de nada y lo material era accesorio-, pero la duda principal llegó con el reparto de los cocos. ¿Quién se quedaba "Amor" y quién "Fe"? Ella lo tuvo claro: "Tú te quedas el amor -le dijo- porque tienes que aprender a usarlo. Yo me quedo la Fe porque la he perdido". Quería recuperarla para ser capaz de amar de nuevo a otro.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Tanto

Esta siempre será nuestra canción

Yo te había aprendido a querer. Tanto, que besaba tus pies callosos sin ningún pudor. Tanto, que podía verte las heridas y curarlas. Tanto, que me reía ante tus gases frecuentes o cuando te ponías calcetines largos con pantalones cortos. 
Tanto, que toleraba tus manías y tus malos hábitos: los cajones y los armarios siempre un poco abiertos, los cercos de té manchándolo todo, los botes de mermelada mal cerrados, las ventanas abiertas sin miedo a los ratones, la acumulación de cajas vacías y cacharros varios, los vodkas con limón demasiado frecuentes, los ronquidos, las llamadas de teléfono que recibías a horas extrañas, tus celos, el espejo de tu baño siempre tan manchado, tu negativa a tener hijos. 
Tanto, que me deshacía ante tus cariños y te creía: tus manos siempre acariciándome alguna parte de mi cuerpo, la mirada de tus ojos atrapando los míos durante segundos hermosos, mi nombre en diminutivo murmurado quedamente detrás del oído, tus manos frías en mi espalda para despertarme por las mañanas, tus "estás muy guapa" aunque no fuera cierto, tus cosquillas, tus comidas preparadas con todo detalle de velas y músicas, tus regalos pequeños pero habituales. 
Tanto, que no me importaban tus conversaciones limitadas a unos pocos temas a veces cansinos, ni que empezaras a contarme las cosas repetidas como hacen algunos mayores. Tanto, que me parecías guapo siempre, que me reía con tu humor extraño y desconcertante para muchos -cómo te gustaban las situaciones surrealistas que nadie entendía, cómo te gustaba descolocar a los otros sólo para avergonzarme y ver mi cara-, tanto que estaba segura de envejecer a tu lado y eso no me asustaba, me enternecía. 
Tanto, que rechacé otros amores, que sacrifiqué futuros bellos por una fidelidad sagrada. Tanto, que dejé matarme. 
Lo más irónico es que al principio, hace 13 años, no te quería. Lo más triste es que ahora que te has ido te quiero más que  nunca.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Las palomas

Las palomas siempre vuelan en círculos. Les gusta estar juntas, en grupo, como adolescentes yéndose de fiesta. Alzan el vuelo, dan un giro, planean, y vuelven al suelo. No se cansan. No se aburren. 
Nuestra unión era redonda como un vuelo de paloma. Pasase lo que pasase siempre empezaba y acababa en el mismo sitio. Y siempre juntos. 
Hoy te marchas. Te he visto alzar el vuelo en dirección contraria. Nos has dejado con dos palmos de narices. Y eso que las palomas sólo tenemos pico. 
Te he visto batir tus alas muy lentamente. Llorabas, pero te alejabas. Mientras, yo me quedaba en el sitio y no lloraba más. 

lunes, 26 de septiembre de 2011

Como caracoles dormidos sobre las ramas secas

Estos últimos días, he dejado de pensar. Sí, sabía que mi pensamiento loco, de imaginación desbordante y complejos supremos, era un veneno para mí. Hacía tiempo que lo sabía. Pero no conseguía pararlo. Ni yoga, ni meditación, ni sueño, ni drogas blandas, ni atracones de comida, ni literatura, ni cafés con los amigos, ni pintura relajante, ni sexo, ni biodanza, ni Pilates, nada, nada conseguía que pudiera dejar de pensar. 
Pero, de repente, inicié un trabajo agotador: 12 horas diarias por ochocientos euros al mes, trabajo físico además, nada de mover el cerebro, sino desencajar mis caderas, las rodillas, los brazos, todas las articulaciones, sudar de verdad, oler mal, estar fea, con el pelo recogido y las mejillas encendidas. 
Fue empezar y dejar de pensar. Instantáneo. Estoy más tranquila. Pero todavía me queda cerebro activo para saber que no pensar no significa que los problemas hayan desaparecido. Ahí, están, hibernando, calladitos, como caracoles dormidos sobre las ramas secas.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Ciudades a vista de gato


 Palma de Mallorca
 Ibiza
 Cadaqués
 Girona
 Sitges
 Maastrich
Estambul

viernes, 23 de septiembre de 2011

Chat Noir

María decidió convertirse en gato negro. Fue una decisión impulsiva, hay que reconocerlo, pero sin posibilidad de marcha atrás así que no le quedó otra que acostumbrarse a su nueva naturaleza. 
Tenía sus ventajas y sus desventajas como que todos se fijaban en ella y algunos la rehuían -todavía no había decidido si lo uno era una ventaja y lo otro una desventaja o viceversa-, como que podía caminar a diferentes alturas y ver las cosas desde los tejados, como que podía acariciar piernas sin avergonzarse, como que tenía siete vidas, como que podía caerse una y otra vez sin hacerse demasiado daño, o que podía subir a los árboles con una velocidad asombrosa. Pero odiaba comer ratones y que le llamaran con ese sonido sordo, como un siseo de serpiente, tan denigrante, o con aquellos absurdos nombres -Mishu, Minino, Miau- que la sacaban de quicio. Tampoco entendía aquella animaversión que le tenían los perros, ni cómo era posible que el olor de las sardinas asadas, la volviera loca, cuando antes las odiaba. 
Os preguntaréis por qué María quería ser gato negro. Perdió el corazón en una apuesta. Perdió la humanidad en un desquite. Perdió la esperanza en un silencio. Y así, sin corazón, ni humanidad, ni esperanza, sólo podía ser gato o cucaracha. Eligió lo mejor que pudo.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

A veces

A veces me gustaría ser un anciano plácido, sentado en una sillita roja, viendo pasar la vida. A veces me gustaría ver pasar la vida y que fueran los otros los ocupados, los de la angustia y las decepciones, los de la rabia y la frustración. A veces me gustaría escapar de las complicaciones como lo hace el gato que sube a un árbol si le persigue un perro y ver pasar a los otros con su frenético caminar de hormiga insatisfecha. A veces,  me gustaría ser música de violín triste o puesta de sol otoñal y dejar el ruido fuera, dejarlo fuera, para los otros. Pero siempre quiero estar viva así que no es posible un trato semejante. Me duelen los pies y las cervicales. Me duele el corazón todavía: será que me está naciendo de nuevo.

martes, 20 de septiembre de 2011

La puerta azul

La puerta es azul. Lo ha sido siempre, hasta que esta mañana ha amanecido estampada de hojas blancas. "Un graffiti extraño, sin firma, y sin sentido", ha pensado la dueña de la casa, una cuarentona soltera sin aficiones conocidas y con una vida ordenada. "Mujer, sin sentido, sin sentido...-le ha dicho la amiga cincuentona divorciada, con una única afición conocida: el bingo, y una vida bastante desordenada-, yo le veo una clara metáfora..." Le ha hablado del blanco de la virginidad y la pureza, del simbolismo de las hojas caídas, del otoño, de la vejez, de las hojas de hiedra que trepan por todas partes, de las puertas que se abren y se cierran...Así se han distraído una tarde entera, entre copitas de anís y galletas de canela, sentadas en el jardín trasero de la casa, al fresquito de septiembre. Mientras, el graffitero poeta adornaba otras puertas del pueblo, algunas con flores, otras con palomas, unas pocas, con mariquitas. La mía, puñetero, la ha llenado de penes voladores.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Morirse muchas veces mucho

Mariela adoraba un verso del poeta Ángel González, aquel que decía "para vivir un año hay que morir muchas veces mucho". Se lo aprendió de adolescente, durante el primer curso de la carrera de Bellas Artes y desde entonces lo iba recitando a menudo, a penas sin darse cuenta, como quien dice "hola, qué tal. Se acostumbró a la excentricidad de escribirlo una palabra en cada uno de los billetes que tenía en su cartera, con la idea de que un día el azar juntara en el bolsillo de una sola persona el verso entero.
No cesaban las ocasiones propicias para decirlo: cuando le cortaban el pelo, cuando se le rompía un zapato, cuando moría alguien conocido, cuando se acatarraba...Sin embargo, había una fugacidad de la vida por la que no estaba dispuesta a pasar: por el envejecimiento de su piel. 
No iba a dejar que su piel se muriera muchas veces mucho y que terminara llena de arrugas y manchas pigmentadas por los rayos solares. Así que se protegía continuamente con cremas y filtros, con parasoles, pañuelos, maquillajes dermoprotectores, masajes y tratamientos varios. No era consciente de ello, pero su cara cada vez parecía más artificial, blanca pura, eterna en un devenir de cambios marchitos.
Un día de junio paseaba por su ciudad, parasol en mano, como una geisha occidental, ajena al mayor cambio que iba a devenir: le cayó encima un suicida desde un onceavo piso. Murieron los dos en el acto. El suicida, un hombre de unos setenta años, con la piel muy arrugada y el cuerpo enfermo, tenía apretado dentro de la mano un billete de cinco euros con la palabra MUERTE escrita en el anverso. Antes de saltar, aterrorizado, pidió a Dios una señal que le guiara.

viernes, 16 de septiembre de 2011

El pintor

Era pintor de pequeño formato y contenido, de esos que pasan desapercibidos porque pintan flores y mares, porque sus lienzos son pequeños, sus pinceladas clásicas, sus colores planos y su venta, ambulante. Nada tenía su arte de gris ni atormentado, nada oculto tenían sus formas y el mensaje era simple: goza de la vida, de las pequeñas cosas cotidianas, de todo eso tan normal que te rodea, que no se compra, que no es de nadie, que no se cuenta. 
Era un pintor que vendía en la calle y por eso me gustaba. Él me gustaba, no sus cuadros, lo confieso. Charlé con él, como hablan los solitarios que intiman con desconocidos y se sinceran sin miedo. Charlé y a cambio él me regaló una historia, no un cuento chino sino uno árabe: "Dicen -me explicó- que había un hombre muy tacaño que se cayó a un río. No sabía nadar y estaba a punto de morir ahogado cuando aparecieron varios hombres y lo vieron. "Dame tu mano" le gritaban, pero él era tan avaro que ni para salvarse quería dar algo. Viéndose impotentes los que querían ayudarle y sabiendo de su poca generosidad, tuvieron una idea: "Coge mi mano" gritaron. Y sólo así el tacaño pudo salvarse de morir ahogado".

miércoles, 14 de septiembre de 2011

No me mires así

"No me mires así. Ya sé que te has cronificado en esa postura solitaria y desconfiada. Ya sé que tu entorno es gris, que hace tiempo que has dejado de volar (desde la última caída) y te has erguido como un humano a esperar. Ya sé que eso duele. Pero no me mires así. Con esa pena. Con ese desconcierto. Con esa lejanía. Con esas ganas de atravesarme con tu pico el corazón. 
Me visitas y te miro. Te devuelvo la mirada. Pero no nos acompañamos, ya no. No me culpes por eso. No hablamos el mismo lenguaje. Lo intento, quiero entenderte, pero no ocurre. Tal vez haya dejado de ser pájaro o tú seas más persona.Chica, me voy volando...no soporto que me mires así".
Llegó hasta la pared de su cárcel, ahí le vi chocar y caer. Yo desvié mi mirada y me alejé despacio para ahorrarle el desconcierto. Sangraba, pero no estaba herido de muerte. Yo, sin embargo, me desmembré con su golpe (algún efecto extraño de la ciencia y la conciencia que no he llegado a comprender) y tuve que alejarme de ahí arrastrándome. Pero no me vio llorar. 

lunes, 12 de septiembre de 2011

Sahara

Se llamaba Sahara y tenía el rostro color de arena. El resto, no lo sé, porque cuerpo, pelo y cuello los llevaba bien cubiertos por pañuelo y chilaba, y las manos tatuadas de henna no mostraban un centímetro de piel que no tuviera arabescos y flores. Los ojos almendrados hablaban más que su boca, cerrada prudente y temerosamente. Una vez vi un atisbo de brillo en ella: un diente forrado de oro, pero no sé si lo he soñado. Nunca conseguí hacerla reír.
Sahara tenía un pasado, pero jamás me lo contó. Se limitaba a invitarme a un te diario y me enseñó así el placer de contemplar y saborear el silencio. Yo hasta entonces lo odiaba. Al silencio, me refiero. Ahora sé que no existe. Aunque no escuche las palabras que deseo, todo habla de alguna manera: de hecho, el te dorado cayendo de la boca de la tetera hasta el vaso me cuenta un mensaje claro: Sahara no es sólo un desierto; no amarnos no va a matarme.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Verano por dentro

Su verano empezó en una marisma. Se escondió en una choza de madera para observar a los pájaros, cómo volaban, cómo comían, cómo se peleaban. Se creía una gran investigadora, sin saber que ella también era observada. Allí los colores eran turbios: aguas espesas, mosquitos, juncos altísimos que ya amarilleaban. Hasta las mariposas eran ocres y se confundían con las piedras.
Piedras, sí, había muchas. Se quedó con los cantos rodados, los pulidos por las olas, que aunque no eran piedras de camino, igualmente podían enseñarle de tropiezos. 
Una vez hubo aprendido algo, empezó a poner límites a las cosas. Ay, la sombra alargada de los límites, y el campo yermo y el calor asfixiante...
De nada servía transformarse en caracol y anidar, seco, en el tronco de un árbol. Quería dormir, ignorar las almendras que se abrían a medida que el verano crecía como se abre el capullo de la primera mariposa. Quería dormir, pero el mar, siempre el mar, estaba cerca. Y se dedicó a contemplar veleros de otros, travesías de otros. 
Las fiestas le trajeron guerra. Ya se sabe que entre Moros y Cristianos, siempre ganaban los últimos, en ese afán por repetir la historia y los errores. 
Y aunque intentó que la paz prevaleciera como un bello cisne, tranquilo en un estanque, y aunque intentó que los días se tiñeran del rojo de la sandía y su jugo contagiara de risas a las cosas, y aunque busco faros a diestro y siniestro, su Corazón, como una bicicleta sin ruedas, quedó aparcada en una esquina. 
Este fue su verano desde dentro, así ocurrieron las cosas, no necesariamente en ese orden, tal vez sin orden ni concierto, como un cuento escrito con los pies y con los ojos cerrados.

sábado, 10 de septiembre de 2011

viernes, 9 de septiembre de 2011

Una caja de aspirinas

Le dolía el nacimiento de los dedos de los pies, se le había enfriado la punta de los dedos de las manos y tenía un catarro generalizado entre ambos. Dedos de manos y dedos de pies hacían una especie de barrera natural, de arrecife antropomorfo que separaba su cuerpo enfermo y helado del resto de la vida. En ella todo era invierno; fuera, el verano daba los últimos lametazos a las cosas, dorándolas de preotoño. 
Así que apenas le quedaba nada sano. Hasta los cabellos le caían cual hojas muertas, hasta las uñas se quebraban cuando se apretaba las manos para calentarse, hasta las pestañas hacían vuelos ligeros mejillas abajo, confundidas con las lágrimas. 
Salió a pasear para despejarse de aquel invierno instantáneo que se había instalado en su cuerpo y que ocupaba un espacio orbitante a su alrededor de medio metro aproximadamente. Salió a pasear, y las personas con las que se cruzaba miraban asombradas el fenómeno. No sabía muy bien qué ocurría hasta que se vio reflejada en el ventanal de una casa y se quedó de piedra: era como un pequeño remolino de otoño e invierno, más helada, más gris, más deshojada, más húmeda, que todo el resto, no sé si me explico bien, como si contuviera en sus manos y sus pies y su pelo todas las tormentas, como si su rostro saliera de una nube de niebla, como si sus pasos dejaran copos de nieve entre las pisadas.
"Realmente estoy enferma", pensó. Ante ella apareció un anuncio verde urgencia. Y como no sabía que hacer, le hizo caso y se compró una caja de aspirinas. 

jueves, 8 de septiembre de 2011

Dame la espalda

- Dame la espalda...Exigía. Suplicaba. Ordenaba. Lo dibujaba. Escupía. Imploraba. Deseaba. Pedía.
Él se la dio. Y ella se agarró fuerte, pasando su brazo por su costado y acariciándole el pecho. A su alrededor, la cama desordenada.
- Cada vez que te pido que me des tu espalda -reflexionó ella en voz baja mientras encajaba mejor su barriga contra la espalda de él- tal vez estoy confundiendo al Universo. 
- Deja en paz al Universo -contestó él- soy yo el que te tengo que entender. Te doy mi espalda y mi corazón.
Se durmió plácidamente. Però esa noche soñó ratas en una pueblo hermoso. Se paseaban por las calles como se pasean los gatos, le impedían el paso y estropeaban toda la belleza del lugar.
- Las ratas son perfectas -le dijeron sus habitantes en sueños-, hacen que sólo se queden en el pueblo los que verdaderamente lo aman.

martes, 6 de septiembre de 2011

Sobreviviendo sobrevolando

Hacía equilibrismos en el cielo, apenas impulsada por una brisa ligera. Bajo sus pies, una fila de mástiles afilados como cuchillos. Al otro lado, el mar inmenso. Necesitaba aterrizar ya: le dolían los brazos y los nervios, que al principio tenía en la boca del estómago, se deshacían ahora pasando por los intestinos, camino de la evacuación. 
Necesitaba aterrizar, pero era incapaz de dirigirse más allá de los mástiles y las aguas. No sabía dirigirse hacia la dirección adecuada. ¿Qué era menos doloroso morir ensartada o ahogada? Pero no quería morir todavía, así que se hizo caca encima, se abandonó al viento, y continuó balanceándose en el cielo hasta el desmayo. 
Los turistas que la veían, ajenos a la realidad, le hacían fotografías, y exclamaban en sus lenguas elegantes: qué bonito! Yo, aunque lo sabía, pensaba: qué bonita, la imagen. Es como una media luna bailando con los barcos, sobrevolando y sobreviviendo.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Castillos en la arena

Construir aún sabiendo que la noche destruirá todo el castillo. Eso es, en el fondo, ir viviendo.  
Hacer bellezas de lo común. Eso sólo lo saben hacer unos pocos.
Erigir castillos para habitar un poco, olvidando que son sólo eso: castillos en la arena. O en el aire.
Perdí esa fe. Dudo mucho que el otoño me la devuelva.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Peces y lunas

¿Quién dice que los peces se pescan en el mar? ¿Quién dice que la luna es inalcanzable? Me invento un pueblo donde las redes se cuelgan de los tejados y atrapan todo lo que vuela, sea real o imaginario. 
Es una práctica interesante, que obliga a caminar con la cabeza bien alta, mirando al cielo. Nada de seres cabizbajos de ojos tristes y rostros asustados. Todos miran continuamente al cielo, expectantes e ilusionados. No es cierto que las cosas buenas no caigan del cielo, no en este pueblo que me he inventado. Os recomiendo su visita, aunque sólo sea para aliviar de vez en cuando el peso de la realidad sobre la nuca.