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miércoles, 30 de noviembre de 2011

La bruja

Lo primero que me sorprendió, cuando llegué a su casa, fue ese jardín de rosas sin hojas ni espinas. Contrariamente al efecto que deberían provocar, me desconcertaron: hace tiempo que sé que en la vida la dualidad forma un todo y lo artificial y extraño es pretender que todo sea un jardín de rosas fragantes y hermosas. Supe entonces que aquella visita me daría un buen fruto.
Me la habían recomendado efusivamente: "Es extraordinaria -me dijo un amigo- lo adivina todo: el pasado, el presente y el futuro". 
Yo no soy dada a querer anticipar nada, me gustan las sorpresas, pero estos días estaba liada con un asunto y decidí pedir consejo, así que me animé a probar la experiencia. 
Me recibió vestida de seda turquesa. Parecía más una prostituta ajada que no una vidente, pero tenía una fuerza en su mirada verde difícil de definir, que la hacía contundente. 
Lo cierto es que no me dijo nada que no pudiera adivinar por mis gestos o mis explicaciones, hábilmente pescadas con sus frases sin acabar y sus miradas de reojo, ni tampoco nada que no pudiera imaginar y adornar con una dialéctica cuidada y sugerente. 
Sin embargo, me alegré muchísimo de haberla visitado porque una frase suya me abrió el entendimiento. Me dijo: "Cariño, veo que en tus vidas pasadas padeciste mucho. En una, mataste una hija para evitarle un sufrimiento peor y el dolor de haberte equivocado te ha perseguido siempre. En otra, fuiste abandonada en alta mar para castigar tu adulterio y desde entonces estás esclavizada a la fidelidad. En otra, padeciste la erupción de un volcán en solitario, qué terror sentías mi niña, ahí sola mientras todos corrían en todas direcciones; no soportas las muchedumbres desde entonces. En otra, te enterraron viva en una pirámide, por eso eres claustrofóbica. En otra, fuiste ultrajada y usada, por dedicarte a la prostitución. En otra, fuiste una drogadicta callejera también despreciada y humillada. De ahí, tu orgullo tan marcado. En otra, abandonaste y negaste a tu amor judío por miedo a las represalias y él murió por amarte. Tienes que compensarlo. En otra fuiste quemada viva acusada falsamente de brujería y ya difícilmente confías en nadie. Pero en todas, cariño, viniste a aprender algo y así sigue siendo. Nos reencarnamos conscientemente para aprender una lección, no debes olvidarlo, ni luchar contra ello".
"Entonces -le repliqué mi revelación-, no existe ningún consejo a seguir, ninguno es válido porque nadie ajeno a mí sabe por qué estoy aquí. Me dijeron "tienes que amarte primero a ti misma para poder amar a los demás mejor, tienes que aprender a estar sola, para disfrutar de la compañía, tienes que abandonar el egoísmo y el orgullo, tienes que vivir el presente, tienes que gozar" pero este consejo tal vez es válido para otros, no necesariamente para mí. Si soy lo que elegí ser antes de reencarnarme, ¿por qué pretender cambiar? ¿por qué buscar respuestas en el futuro? No me sirves tú, no me sirve el filósofo, no me sirve el psicólogo, no me sirve el maestro espiritual, no me sirve la música, no me sirve la poesía, no me sirven los amigos...nada me sirve para encontrar respuestas. En realidad, no las necesito: soy lo que tengo que ser en esta vida"
La bruja sonrió mientras pasaba su dedo índice sobre la palma de mi mano. "Tu línea de la inteligencia -replicó- es asombrosamente larga"

martes, 29 de noviembre de 2011

Guía

No lo puedo evitar.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Recogepelotas



A Manolo nunca le había gustado el tenis pero desde que se había jubilado y había aparecido en escena el tenista Rafa Nadal, se había vuelto un gran aficionado. Se sentaba en su butacón de polipiel agrietada con una cerveza sin alcohol y unas aceitunitas rellenas de anchoas y se pasaba horas delante de la tele, mientras que María, su mujer, bordaba, tejía u hojeaba revistas de decoración. 
Sin embargo, Manolo no disfrutaba nada del tenis, de hecho no lo entendía: simplemente estaba totalmente hipnotizado por los/las recogepelotas.
Le fascinaba su posición de entrega, como guardianes romanos atentos a cualquier peligro. Los brazos hacia atrás, las piernas separadas, su arma siempre a punto: pelotas o toallas, su semblante serio y su servilismo. Si hubiera sido más joven también se fijaría en aquellas falditas cortas de algunas de ellas, pero ya no estaba para aquellas alegrías. Simplemente los observaba como si fueran animalillos de un documental, ara arriba, ahora abajo, ahora toalla, ahora pelota, ahora otra pelota y ni una sola sonrisa, no fueran a distraer a los tenistas.
- María -le preguntaba siempre a su mujer-,¿te gustaría ser recogepelotas?
- Manolo, no me toques las pelotas, anda...
Y así se zanjaba el diálogo, tan intrascendente como necesario en realidad. Como los recogepelotas.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Graffitis

Las ciudades, pintadas. Con esas letras goteantes e indescifrables. Palabras, frases sin lenguaje, sólo la comunicación en el propio gesto de la palabra escrita, en la mancha, en la marca, en la llamada de atención. Pasando inadvertidas a menudo, como una decoración urbana más. Así se sentía a veces, como si todo lo que hiciera simplemente fuera un graffiti en la pared. 
Se sentó en la terraza de un café y pidió un martini blanco. Mientras esperaba inició una oratoria mental..."¿Sabes? No actúo para llamar tu atención, no te reclamo amorosidad por egoísmo, no me preocupo por ti por necesidad de controlarte, no me quejo para hacerme la víctima, no estoy aquí para ensuciar tus días, no soy un graffiti fugaz y feo" 
El camarero, bronceado y sonriente, le trajo su bebida. Era muy amable, la miraba como si fuera un doctor complaciente. Ella, sin embargo, prefirió no seguirle la conversación. Se centró en su bebida, transparente, ligeramente dorada, dulce y amarga al mismo tiempo. 
"El único problema que hay en mí -continuó mentalmente- es seguir pensando en ti cuando me tratas como si fuera un grafitti. Aprende a leerme y yo aprenderé a hablarte"

sábado, 26 de noviembre de 2011

Otoño







viernes, 25 de noviembre de 2011

Libre albedrío



- Me siento satisfecha.
Todos la miraron extrañados. "Sí?" parecían preguntar sus ojos abiertos. "Vale, enhorabuena, pero no es necesario que nos lo cuentes."
Ella, sin embargo, insistió. Necesitaba compartirlo.
- Sí, muy satisfecha, plenamente satisfecha.
Todos le dieron la espalda y la ignoraron. Pensó que estaban en su derecho así que sin más insistencias salió del supermercado sin mirar atrás. 
Se había comprado una manzana verde, la lavó en una fuente y la mordió mientras miraba la gente y les saludaba con la mano. Casi todos la miraban seriamente, alguno enfocaba los ojos esforzándose por reconocerla, algún niño le devolvía el saludo y la sonrisa. 
Cuando hubo terminado la manzana prosiguió su camino. 
-"¿Cómo está?" iba preguntando al cruzarse con alguien. 
Nadie le contestaba. 
-"Yo estoy muy bien -decía ella-, muy satisfecha". 
Llegó a una plaza y allí se subió a un banco y empezó a cantar una canción. Alguien le tiró una moneda. 
-"No, no, no pido nada, canto porque estoy feliz". 
Prosiguió su particular camino de baldosas amarillas. Curiosamente nadie se atrevía a preguntarle por qué estaba tan feliz hasta que apoyada en un semáforo compartió el tiempo de espera con un anciano. Él fue el único que se atrevió a interesarse por su felicidad. 
-"Es que -le contó- soy libre. ¿Entiende? Todo lo que hago lo hago porque quiero, soy libre. Si aguanto las inflexibilidades de mi jefa es porque elijo hacerlo, si dejo que mi amigo me abandone es porque quiero que ocurra, si enfermo es porque mi cuerpo quiere descansar. Nada viene de fuera. Yo, elijo".
-"Guapa -le dijo él-, eso te crees tú...¿Acaso piensas que yo he elegido estar así?"
-"Por supuesto -contestó ella-, la alternativa a estar así sería la muerte"
-"Ay, chiquilla, y el día que muera, ¿también lo habré elegido?
-"Por supuesto, la alternativa a la muerte sería una condena vampírica: usted vivo en el mismo cuerpo estropeado mientras todos los demás murieran".
El semáforo cambió a verde. El paso de ella era mucho más ágil así que se despidió con una sonrisa: "libre albedrío..." dijo.
Un coche rojo, a toda velocidad, decidió libremente saltarse el semáforo. El cuerpo de ella voló a cien metros de distancia mientras el anciano sólo pudo gritar "chiquillaaaaaaaaa". Curiosamente la sangre no empañó su sonrisa: estaba satisfecha.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Lujuria

"No digas nada, relájate, amansa el pulso, deja de transpirar, mira a otro lado, olvida tu cuerpo, olvida -sobre todo- su cuerpo, no te culpes, no te desboques, serénate, medita, entiende...que el vacío que sientes no podrá llenarlo un cuerpo, ni un sexo, ni unos labios, ni una piel cálida, ni un rincón húmedo, nisiquiera podrá llenarlo la idea de que ese cuerpo, ese sexo, esos labios, esa piel cálida, ese rincón húmedo te aman. Ámate tú primero y después podrás amar sin lujuria".
Balanceaba sus tacones de vértigo mientras le hablaba, se erguía en la silla y luego se relajaba, entreabría la boca, se humedecía los labios, entornaba los ojos y estiraba la barbilla entre sus dedos como si fuera un tercer pezón, amasaba su pelo, rozaba su nuca, se mordía el dedo, respiraba muy cerca de su cara. Hacía mucho calor en ese infierno y a él le faltaban muchas clases todavía para aprender la lección y subir al aula con vistas al purgatorio.


martes, 22 de noviembre de 2011

Efectos secundarios




Lo secundario siempre lo había definido, dirigido y dibujado.
Era amante de las carreteras secundarias, por ahí se perdía siempre que le sobraban minutos, con su coche en segunda contemplando almendros o viñas.
Se fijaba siempre en los actores secundarios, aquellos que crecían a la sombra de los protagonistas, que a veces concentraban en una sola frase toda la esencia de la historia.
Los recuerdos más frágiles los tenía de secundaria cuando los días sabían a chicle y tenía granos sólo en la frente.
Cuando empezó a pintar en la academia de la Plaza de la Reina, aprendió rápidamente que los colores secundarios eran más ricos que los primarios, pero menos vistosos. No obstante, adoraba mezclar los segundos consiguiendo decenas de matices en los colores secundarios. Se negaba a pintar con primarios porque aunque eran más naïf y más vivos y alegres y más de vanguardia, los colores secundarios le parecían más elegantes y sugerentes, ideales para las pieles, los rincones, los iris y las brumas.
Contrariamente a lo que todos pensaban no estudió Bellas Artes, sinó diseño industrial, y estaba seguro que le determinó el hecho de que la industria fuera el sector económico secundario por excelencia.
Siempre leía los efectos secundarios de las medicinas y no sabía si por sugestión o por hipersensibilidad, los terminaba padeciendo.
A los cuarenta y dos años y en plena crisis personal, después de ser el plato secundario de una mujer casada, descubrió la ley de causa-efecto y con ella el efecto secundario más importante de la enfermedad de estar vivo: cobrar consciencia de que cada uno da lo que recibe y luego recibe lo que da, saber que nada se pierde, en realidad, que todo se transforma que no hay otra cosa. Y entonces respiró tranquilo y se recostó en el balcón de su casa, en segunda fila de la costa, donde no podía ver el mar pero sí olerlo, para perder el tiempo en cosas secundarias y disfrutarlas.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Iracundo

Le llamaban el mono iracundo porque, a diferencia del resto de los monos del zoo, se pasaba las tardes enganchado al cristal de su jaula, escupiendo los cristales y enojándose por las visitas. Todos decían que era un mono insoportable, pero lo cierto es que era el más lúcido de todos: simplemente no quería estar ahí. 
No había nacido en cautividad, nuestro mono iracundo, de hecho su destino era otro: aquella selva verde como el corazón de las esmeraldas, aquella humedad caliente y todas las lianas del mundo para viajar por las ramas, aquellos plátanos dorados y grandes, y todos esos peligros salvajes que le obligarían a ser más rápido, más ágil, más audaz o más inteligente. 
Sin embargo, nada más nacer, lo cazaron, lo vendieron, lo humanizaron y le obligaron a vivir en una casa lujosa al lado de muñecos inanimados, juguetes de colores, y un niño regordo y malcriado que le estiraba su pelo blanco y le metía los dedos en los ojos. 
Le mordió, claro, y aquellos hombres que parecían monos, lo golpearon entonces y lo tiraron desde un coche en marcha, hacia el fondo de una ladera, también verde como su selva. Pensaba que estaba en el paraíso de los monos, un lugar hecho a su medida, como todos los cielos imaginados, pero todavía no era su hora y alguien lo encontró, lo rescató, lo curó y lo encerró desde entonces en ese zoo. 
Ahora vivía con otros. Pero ellos no recordaban lo que era ser libre, ellos no podían estar enfadados.
El mono iracundo escupía a las visitas, pero el cristal le devolvía su propia saliva; golpeaba con sus puñitos, pero el cristal le crujía los huesos; se pegaba a él horas y horas sin comer, sin jugar, sin dormir, pero el cristal sólo le devolvía su imagen iracunda. 
El cristal, como la ira lo es para los iracundos, era su cárcel. Y es curioso, todos sabemos que el cristal es transparente y sólo puede verse cuando chocamos contra él. El mono iracundo nunca fue lo suficientemente humano como para saber que ignorándolo desaparecería a su vista, y aunque siguiera estando enjaulado, podría olvidarlo de vez en cuando.

domingo, 20 de noviembre de 2011

DULCINEA


La fascinación era su motor, su particular café con leche matinal que le permitía empezar el día con fuerza inyectándole en las venas ese pañuelo de gasa que le enturbiaba la mirada y hacía bello lo corriente y hacía supremo lo cotidiano. Lo sabía, pero no le importaba, de hecho estaba enganchado a la fascinación.
“Me fascinas”-murmuraba a los oídos de sus conquistas el día que se cansaba de su presencia. Ellas, vírgenes en temas de fascinación, lo tomaban como un cumplido o una declaración de amor, pero lo cierto es que era lo peor que podría decirles ya que era el reconocimiento de una fantasía y eso era el principio del fin.Pero esa vez iba a ser diferente. 
Hacía tiempo que la tenía en su pensamiento. La observaba en silencio moverse por los pasillos del supermercado colocando la verdura en sus cajas, transportando las cajas vacías hacia al almacén, etiquetando los precios y recolocando el género. Veía tan gráciles sus movimientos que parecía danzar en lugar de trabajar, su piel brillaba por el sudor congelado nada más aflorar a su piel, gracias al frío de las cámaras; su pelo recogido en aquella gorra poco favorecedora parecía un regalo a punto de abrirse, sus caderas y su trasero le invitaban a poseerla, cada vez que se agachaba a recoger una lechuga. La observaba en silencio y estaba seguro que era una mujer extraordinaria: un volcán en la cama, una dulzura en el día a día, una belleza interna y externa esperándolo solo a él.
Pronto deseó escuchar su voz así que una mañana se dirigió a ella para preguntarle el precio de las judías verdes. Lo cierto es que su voz resultó ser un poco aguda y su primera reacción fue de rechazo, pero poco a poco le sonó a flauta travesera o a canto de pájaro. También era cierto, que su vocabulario no era muy elevado pero su espontaneidad todavía le fascinaba. Pasó un tiempo prudencial en el que desplegó todos sus encantos hasta que logró una cita con ella. Lo cierto era que estaba casada y tenía dos hijos pequeños, pero decidió obviar ese pequeño detalle y concertó una cita un viernes por la noche, después de su turno de tarde.
Fueron a comer a un japonés, pero ella –contrariamente a lo que él había imaginado- odiaba el pescado crudo y se pasó toda la cena incómoda e inapetente. Para compensar el desacierto, habló por los codos esa noche, pero ella –contrariamente a lo que él había imaginado- era incapaz de seguir una conversación coherente y se pasó toda la noche nerviosa y soltando monosílabos. Para compensar la equivocación, después de cenar, la llevó a dar un paseo por la bahía, pero ella –contrariamente a lo que él había imaginado- se sentía tan culpable y tenía tanto miedo de que su marido o algún conocido les viera, que se pasó el tiempo con la cabeza cabizbaja retorciéndose las manos. Para compensar el desatino, se la llevó al coche y allí empezó a besarla, pero -contrariamente a lo que él había imaginado- su pelo olía a coliflor, sus manos a berengena y su cuello a col lombarda. Para compensar el despropósito le susurró al oído “me fascinas” y ella -contrariamente a lo que él había imaginado- empezó a reir como una loca, con una carcajada estridente y desagradable. 
Entonces explotó, la criticó, le gritó, la despreció, la juzgó, sacó toda su decepción y su ira y juró no volver a verla. Ella sonrió suavemente mientras bajaba del coche y una voz totalmente transformada, grave y càlida, sensual, irreal, le dijo: “Querido, todo esto te ha ocurrido por confundir la fascinación con el amor. Si algo o alguien que no conoces crece en tu pensamiento de manera irreal, no lo amas realmente, sólo amas la idea que te has hecho de ella. La fascinación es una trampa, una distracción, un sabotaje para no aprender a amar”. 
Lo cierto es que no volvió a verla en el supermercado y llegó a creer que todo lo había soñado. Pero desde ese día dejó de perseguir dulcineas.

sábado, 19 de noviembre de 2011

El orgullo


"El principal problema del orgulloso es la dificultad en encajar la ingratitud, el egoísmo y la falta de amor de otras personas hacia él, sobre todo si han establecido vínculos afectivos con ellas" (Vicent Guillem). 
Leyó y se miró en el espejo. Y después de muchos años de frustración y decepción, entendió. 
Cerró los ojos y se imaginó una fila de personas, de espaldas a ella. Todos llevaban trajes negros, trajes clásicos de vendedor de grandes almacenes o de azafata. Todos parecían iguales -de hecho todos le daban la espalda-, pero incluso sin ver sus caras, podía reconocerles: la curvatura de sus espaldas, la posición de sus pies, si sus cabezas se dirigían al suelo, al cielo o al horizonte, si su postura era tranquila o nerviosa. 
Les reconoció a todos por eso y porque cada uno llevaba en su mano una ingratitud concreta, en forma de ramo de flores. Unos llevaban rosas de pasión, de esas sangrantes en sus pétalos y en sus espinas; otros llevaban margaritas silvestres amarilleando los dedos; otros sostenían lirios blancos y alguno una exótica orquídea de pétalos como papel. Miraba sus espaldas y sus flores ingratas y entonces pensó: Ya no os culpo, no podíais darme otra cosa, no sabíais o no podíais. Lo encajo. Os amaba antes de recibir vuestras flores ingratas. Entonces, he de seguir amándoos, vosotros sois algo más que vuestras flores. Ninguna flor ingrata puede ya hacerme daño. Os lo hace a vosotros mismos si no sabéis reconocer el amor y respetarlo. Ya no os culpo. Y elijo continuar amando. 
En ese momento, todas las flores cayeron de sus manos y ellos se giraron a mirarla. Habían perdido sus trajes negros recuperando sus imágenes identificativas -aquella sus trajes negros de cuero, el otro sus pantalones vaqueros agujereados, aquella otra sus faldas a media pierna...- y, espontáneamente, rompieron la fila. Algunos sonreían desde lejos sin decirle nada pero mirando con gratitud, otros se despedían con sus manos y se alejaban plácidamente, algunos la abrazaron.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Peligros




No todos hemos crecido con los mismos peligros y temores. Los míos han sido las súbitas cataratas en las aguas mansas de un río; las traicioneras arenas movedizas sobre un páramo aparentemente seco; los caníbales hambrientos con complejo de bruja haciendo pócimas en calderos burbujeantes; los lobos feroces siempre embaucando a las caperucitas; los tiburones asesinos sorprendiendo en las aguas tranquilas del verano; los vampiros, los fantasmas y los zombies, esos siempre, en sus castillos repletos de pasadizos secretos; los laberintos imposibles de cruzar; las manzanas envenenadas; los robots gigantescos destruyendo las ciudades con un sólo paso. Todo fantasías, como podéis ver, pero que pueden ser buenas metáforas de los peligros reales que nos acechan. Es difícil cruzar tranquilo el bosque.

Boca seca

- Sr. Guzmán, ¿es cierto que hemos encontrado en el comedor de su casa una vitrina 3x6 metros llena de ejemplares de boletus venenosos cultivados presuntamente por usted con ánimo de envenenar a la víctima, como así ha ocurrido según nos consta por el informe toxicológico y las diligencias previas y finales de su autopsia?
El Sr. Guzmán abrió la boca para contestar, pero rápidamente se le cortó con una nueva pregunta:
- ¿No es cierto, Sr. Guzmán, que la noche pasada, la víctima había cenado en su casa? ¿No es cierto que antes de abandonar su vivienda ya le refirió algunos síntomas compatibles con el envenenamiento como la boca seca y pastosa, la acritud en las papilas gustativas, un ligero mareo y una orina persistente? ¿No es cierto que la víctima había pensado en dejar su relación y así se lo había comunicado esa misma noche? ¿No es cierto que tiene en su biblioteca un número importante de libros sobre micología, en cantidad igual que las obras escritas por Pedrolo, conocido autor de novela negra cuyos crímenes novelados podrían haberle servido de inspiración? ¿No es cierto, Sr. Guzmán, que usted planeó premeditadamente con nocturnidad y alevosía la muerte de la víctima?
- La víctima -contestó secamente el Sr. Guzmán- se colaba por fuerza día sí día no en mi casa, perturbando mi tranquilidad, mi vida familiar, mi plácida vejez. La víctima -prosiguió- no tenía intención de abandonar nuestra relación, Dios lo hubiera querido, que ya no sabía cómo echarla de casa. La víctima no me refirió ningún síntoma aunque reconozco que la vi tambalearse por el pasillo de casa, antes de perder el sentido. La víctima probó sola el contenido de la vitrina pues tenía esta odiosa costumbre de profanar todos los lugares cerrados. El número de libros que haya en mi biblioteca no tiene nada que ver con el caso que nos sucede y...si, planeé su muerte, pero finalmente su propia codicia la mató. No pueden culparme de nada, yo sólo estaba ahí, igual que los boletus.
Cerca del estrado, en una mesa frente el jurado, yacía el cadáver de la víctima. Su piel había adquirido un tono parduzco, sus ojos parecían salirse de las órbitas, sus manitas estaban crispadas, y su cola, por Dios, su cola erguida como un gancho.
- ¿Pero nos hemos vuelto todos locos? -gritó el Sr. Guzmán -, sólo es una rata, sólo es una rata!
- Según la nueva normativa europea -interrumpió el juez-, hay ratas más válidas que ciertas personas. Cadena perpetua!!

martes, 15 de noviembre de 2011

En las nubes

Le pasaba que, a menudo, no distinguía el cielo de la tierra. "Siempre estás en las nubes" era la letanía con la que creció, con alguna variante como "tantos pájaros en la cabeza". Lo cierto era que podía ver las nubes a su alrededor, para ella no era ninguna vergüenza, más bien, un don. Cuando las calles estaban mojadas y todo el mundo se quejaba por la lluvia, ella disfrutaba viendo las nubes reflejadas. Cuando un cristal caía al suelo y se hacía añicos, ella disfrutaba viendo las nubes multiplicadas. Cuando los pozos se abrían, ella disfrutaba viendo que contenían un poco de cielo. Cuando los enamorados brindaban en los jardines de verano, ella disfrutaba viendo el cielo dentro de sus copas.
Sin embargo un día fue consciente de una verdad evidente, pero hasta entonces olvidada: el mérito de que las nubes se reflejaran sobre los líquidos era exclusivamente del sol que los alumbraba. Sin sol no había reflejo, no había nada. "Tan a menudo -pensó- que culpamos o ensalzamos estando equivocados...Somos el sol, nosotros, sólo nosotros alumbramos, nosotros, sólo nosotros podemos poner los cielos en nuestras vidas acuáticas"

sábado, 12 de noviembre de 2011

Niños dentro

Tenemos niños dentro que, a su vez, tienen bebés colgando de sus manos tiernas, que a su vez se agarran a las extremidades jóvenes buscando un lugar más elevado y digno, como nuestros niños interiores se agarran a nuestras gestos, más de lo que seríamos capaces de entender o admitir. 
Él fue un niño feliz así que su madurez es risueña y relajada. Le gusta jugar con sus hijos al escondite, al pilla-pilla, a los monstruos y ríe con ellos a todas horas. Dicen por ahí que es poco responsable e incluso caprichoso, pero que es tierno como un bollo y tiene un encanto interior que le hace irresistible a los ojos sensibles.
El otro, sin embargo, fue un niño solitario, vapuleado por los otros niños, así que se ha negado a tener descendencia y observa a los hijos de los demás entre curioso y asqueado, como si fueran bichitos vertebrados o monstruos aparentemente humanos. Dicen por ahí que es un hombre recto y honesto, pero muy egoísta, algo taciturno y avaricioso, gran tesorero de los triunfos sociales y los billetes, eso sí, lo cual le hace irresistible a los ojos superficiales.
Yo les miraba hoy, como quien observa unas aves en un observatorio de pájaros, y he visto sus niños interiores colgando de sus espaldas, como mochilas invisibles pero permanentes. 
Después quería verme la mía, pero claro ahí detrás cualquiera la observa. No obstante la he sentido e intuido y, por supuesto, la he recordado: mi niña interior al principio era dulce como un caramelo, era asustadiza y dependiente, era vulnerable, era blanca como el talco y transparente como la lluvia. Mi niña interior era sensible, responsable y adulta, tímida y tranquila como un gatito sin instintos. Imaginaba mucho y dibujaba más, leía poco porque no sabía pero miraba todo lo que podía, soñaba a lo guionista de Hollywood y se acurrucaba en los brazos de los demás siempre que podía. Mi niña interior, de manera natural, idolatraba a sus amores mayores, les obedecía, callaba cuando se atemorizaba o no entendía, apenas lloraba, si lo hacía era por los demás: la abuela, el perro Bobby, la oveja ahogada, su hermano y el chichón, su amigo sordomudo... Y tenía mucho miedo de los ratones, la oscuridad, los Reyes Magos, las cabezas cortadas, los fantasmas, las muñecas antiguas, las pieles de zorro, el agua y las alturas.
Mi niña interior, ahora, pugna por salir tanto como los vuestros. Tiene miedo y tiene ganas de dulzura. Quiere brazos y protección. Y no se avergüenza por ello. Ahí la tengo, en mis manos, acariciándola, durmiéndose tranquila mientras mi yo adulta me trago los miedos, me bebo el ácido y me tomo la sal y disfrazo la necesidad de protección con un lujurioso traje de deseo como si fuera una cabaretera llamada Clementine.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Marcada



Le dibujaron con henna una flor de la pasión de diez pétalos y diez hojas, que crecía por el interior del antebrazo desde una espiral de tres vueltas justo en el nacimiento de la muñeca. La dibujante decidió el diseño espontáneamente y ella se dejó hacer. Estaría marcada unas semanas por ese sino de la flor naciente. Y le gustó.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Puedo escucharte si tú me hablas

Encontró la camiseta en un mercadillo callejero y aquel mensaje contundente le llamó la atención: "Esta camiseta puede escucharte si tú le hablas". 
Sonrió, se acerco a su manga derecha y le susurró: "quiero quererte pero no me dejas". Esperaba una respuesta, pero, claro, en ninguna parte decía que tuviera que responder. "Vaya -pensó- que camiseta más humana..." Y recordó las múltiples veces que le había pasado algo así o parecido: hablar por hablar, hablar sin escuchar, escuchar sin hablar, oír sin escuchar, esperar una respuesta que no llegaba...
Se acercó a la manga izquierda y le susurró: "perdóname". La camiseta no se inmutó.
La compró, claro, y se la puso esa misma mañana. Y fue entonces cuando la camiseta respondió, a través de todos los desconocidos que se acercaron a hablarle: nunca antes se había sentido tan querido ni había hecho tantos amigos tan fácilmente. 

miércoles, 9 de noviembre de 2011

El deseo



El deseo, táctil -como tu piel cálida-, vivo -como la risa o el llanto-, revivido -como siempre-, aromático -como la lluvia en la tierra-, concentrado -como el mejor perfume-, lleno -como mis curvas-,...pero ¿sabes? el deseo no es tan importante: mi pretensión es que me ames y, si puede ser, amarte.  mi pretensión es amarte y que me ames y, si puede ser, amarme.

martes, 8 de noviembre de 2011

Vacas flacas


Comía poco desde hacía un tiempo. Se limitaba a lamer durezas como si fuera fácil extraer algo tierno de lo rígido, como si fuera fácil sacar agua de una piedra o un tronco seco. Se alimentaba de aromas, de hecho. Y de todo lo que tenía guardado en el recuerdo. 
Era un tiempo de vacas flacas... y las únicas bocas donde entraba eran las del metro, y los únicos cuellos que rozaba eran los altos de los jerseis de lana, y los únicos muslos que mordía eran los de pollo y el único refugio que tenía era su hogar cálido y aquellos recuerdos temblorosos de alientos húmedos en los oídos y roces suaves en la nuca y en los labios. 
Era un tiempo de vacas flacas y ahora sabía que el deseo y el goce, sorprendentemente, tenían huesos.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Refugio

 Refugio...
fuera, sigue lloviendo.

Soledad




Cuando era adolescente me visitó la Soledad en apariencia humana. Tenía un aspecto moderno, con su pelo corto teñido de color cereza y sus gafitas redondas de cristales amarillos, reviviendo a John Lennon. Hablaba poco, pero cuando lo hacía su voz era desagradable, estridente y aguda como el gozne mohoso de una ventana. Curiosamente siempre iba de la mano de una tal Esperanza, las dos juntitas de aquí para allá. La odiaba, lo confieso. Era muy pesada, no acompañaba nada y me dejaba una sensación de vacío insoportable.
Ahora ha vuelto a visitarme, pero ya no es la misma. Ha envejecido bastante, pero el paso del tiempo le ha sentado bien. Se la ve una mujer elegante, tranquila y discreta. Su aspecto es sobrio, su pelo recogido. Todavía habla menos y cuando lo hace sus monosílabos son cálidos y acompañan. Perdió a la amiga por el camino, pero lo cierto es que su presencia no me incomoda, incluso me atrevería a decir que a veces me hace compañía. Lo envuelve todo de un cálido silencio, de una quietud mística, de una paz serena...Es gracioso, pero cuando me visita y se marcha, entra y sale al ritmo de la canción de Drexler. Ahora la oigo...no sé si va o viene.

domingo, 6 de noviembre de 2011

El zoo

Era un zoo en si mismo. Todo lo que tenía de humano, lo tenía de animal. Sí, en idéntica proporción. Así lo había creído siempre y los pasos que había ido dando en la vida, se lo habían ido confirmando. 
- ¿Y tú cómo eres? -le preguntó ella tímidamente mientras acariciaba sus dedos largos.
- Yo, -respondió- soy lento y pacífico como una tortuga, y muy viejo por dentro. Yo, me escondo como el caracol cuando tengo miedo y me escapo de vez en cuando por los tejados como un gato pardo, callejero y soñador, tienes que saberlo. Yo, podría recorrer tu cuerpo como un gusano, arrastrándome y buscando calor o ser un pez ligero acariciando tu interior. Yo soy un cordero si me amas y una cabra loca en los cambios de estación. Yo soy caballo salvaje si hieres mi orgullo y ave cuando escribo. Entonces vuelo lejos. Pretendo cada día convertirme en cisne bello. Pero a veces soy muy burro, mucho. Yo, ya soy perro viejo...y si tú quieres, lobo feroz.
Ella rápidamente le soltó la mano:
- No me gustan los animales -contestó y se alejó de su lado moviendo su trasero de vaca, su cuello erguido de jirafa y su pelo estirado en una cola de caballo.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Mi poncho verde



Me compré un poncho de segunda mano por 50 céntimos. No sé quien lo llevó antes y esa incerteza, que antes me hubiera frenado, ahora me gusta. Lo lavé bien, por supuesto, y ya se ha convertido en mío. Tiene un color verde que jamás llevaría por la calle, pero va de perlas con el color de mi hogar interior, no sé si me explico, esos verdes urgentes, que te envuelven en musgo, que te llaman a tener esperanza y combinan perfectamente con el blanco roto que todavía conservo, con el gris perla que sube por los rincones, con el rojo explosivo que se me cuela desde el alma a la primera de cambio.
Mi poncho verde tiene agujeros, no de viejo, sino de esencia, es decir, está hecho así, para que corra el aire un poco, siempre es necesario, o para que se vea lo de abajo, más que vea, vislumbre o adivine.
Después de saludar a mi PaCo (desde hoy ese será el nombre de mi PC) con una ligera caricia de mi dedo corazón en el suyo, que hace que se encienda y me dé la bienvenida con una musiquita alegre, lo primero que hago es ponerme mi poncho. Hoy sigue lloviendo y yo me he sentado, envuelta en verde, junto a la ventana de la terraza a ver  caer esas lágrimas que esta mañana son tenues, pequeños hilillos apenas mojados, minúsculos agujeros en el aire, como los de mi poncho verde. Escribiré un poco y luego haré esas cosas cotidianas que no me permitan llevar el poncho: diversas limpiezas, diversos recados. Y por la tarde, cuando de nuevo mi hogar ahora vacío, me acoja, mi PaCo, mi poncho y yo volveremos a asomarnos a la ventana.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Mon amour



El día que te conocí algo cambió en mi interior. Sí, no es una frase hecha: hubo una reprogramación de circuitos y prioridades, una modificación de hábitos y deseos. Paulatina, claro, como todas las transformaciones verdaderas. 
Al principio no te necesitaba. Te visitaba de vez en cuando y me dejaba sorprender por tu ingenio, por tu chistera metafórica repleta de trucos y magias. Pero poco a poco, el deseo de estar contigo fue creciendo. Creo que me convertí en adicta antes de amarte. Me encantaba pasear a tu lado por lugares que tú me mostrabas por primera vez, siempre condescendiente, sin una queja. Me gustaba que me enseñaras a cocinar nuevos platos, me gustaba la música que me descubrías, las fotos, los libros.
Te amé profundamente cuando entendí que eras un pozo de sabiduría y que eras para mí. Lo agradecí tanto...
No recuerdo cuándo sucedió, pero un día me encontré desayunando a tu lado. Hasta entonces nos habíamos limitado a encontrarnos algunas tardes o mañanas. A partir de entonces fue imposible separarnos. Yo recorría tu cuerpo con mis dedos ávidos y sé que te pedía mucho, toda la entrega. Alguna vez estuviste enfermo, pero sé agradecerte tu dedicación casi completa. Reconozco también que eres un poco cabeza cuadrada. Literalmente. Pero es que no puede ser de otra manera cuando eres una ventana a la vida. 
Sabes que te quiero, ¿verdad?. Mon amour, mi PC, gracias por facilitarme el trabajo, aliviarme la soledad, hacerme más sabia, potenciar mi creatividad, conectarme con más vida, compartir mi dentro, mi fuera y todos mis cuentos chinos.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Madroños

Emborráchame, anda, que tu embriaguez no sea de leyenda, que tu pulpa amarilla y granulada estalle en mi boca en una borrachera de otoño delirante, que tu rojo -como un talismán oriental- me alumbre entre el verde mohoso del bosque susurrante, que tu licor me enseñe hadas o criaturas imposibles, que tu aroma casi imperceptible me haga bailar bien sobre las hojas secas como si el trino de los pájaros fuera música de violonchelo, como si el animal arrastrándose y el insecto escapando, fueran timbales. 
Emborráchame, anda, hazme olvidar un ratito.

martes, 1 de noviembre de 2011

Camino de vivos



Dos palabras: belleza extrema.