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viernes, 13 de enero de 2012

Cinco piezas de puzzle




Fátima tenía 19 años, pero aparentaba 30. A los 11 años se había prometido en matrimonio con un chico de 17. A los 15 se casó y a los 17 parió por primera vez. Era bastante más responsable que la mayoría de mujeres de 30 años que conocía. También era lista: aprendía rápido y se interesaba mucho por las cosas. A pesar de eso, a penas caminaba sola por la calle. A pesar de ello, se cubría pudorosamente de los pies a la cabeza con su ropa oscura. Tenía la piel muy blanca y los ojos muy negros, que se remarcaba con suficiente maquillaje negro como para que nadie, paradójicamente, pudiera dejar de mirarla hipnotizado por su mirada oriental. Tenía una vida ordenada y tranquila: se levantaba a las 6 de la mañana para rezar. Volvía a la cama y dormía hasta las 8. Entonces preparaba el desayuno  y la merienda a su marido y a su hijo. Ella sólo desayunaba después de que ellos estuvieran satisfechos. Después, mientras su madre cuidaba a su hijo, ella limpiaba la casa: barría, fregaba y quitaba el polvo, eso mismo todos los días. Lo hacía con la música puesta muy bajito, sintiéndose muy culpable porque su religión decía que la música era mala consejera. Después se aseaba, se maquillaba y se iba a estudiar español. Al volver, preparaba la comida rápidamente mientras su hijo dormía un poco esperando, ansiosa, que su marido volviera a casa y le contara mil historias.

María tenía 38 años, pero aparentaba 29. A los 11 años jugaba con muñecas y lloraba todos los sábados viendo los dibujos de “Candy” en la televisión. A los 15 estudiaba y salía a bailar algunas noches. A veces bebía un gin-tonic. Era una chica tranquila y de vida sencilla. No se había casado ni había tenido hijos, pero sí varios novios que habían pasado por si vida como una brisa de verano, sin marcarla demasiado ni despertarla de su letargo. Se levantaba a las 8, desayunaba frugalmente un café con leche y se iba caminando a la oficina. Eso mismo todos los días. Ahí estaba hasta que volvía a su minúscula casa de 45m2 para comer algo precocinado o calentado en el microondas, ansiosa por poner la televisión y mirar la telenovela.

Vanessa tenía 23 años y los aparentaba, a pesar que llevaba una vida un poco desordenada. A los 11 años tuvo su primera relación sexual con una niña de 12 que parecía un niño. Más tarde probó también los niños, pero nunca nada pudo compararse a aquella chiquilla desgarbada de pechitos como aceitunas. Ahora ni trabajaba ni estudiaba aunque sí se relacionaba mucho intímamente, hombres, mujeres, todo valía, pero sólo por las noches, como si fuera otra entonces, como si la noche le permitiera disfrazarse. Las mañanas las pasaba delante del ordenador. Se levantaba a las 11, tomaba un bollo y un cola-cao y se sentaba hasta la hora de comer a chatear y escuchar música. Eso mismo todos los días.Esporádicamente ordenaba su habitación, leía una revista o se iba al súper a hacer la compra para la casa. Le hubiera encantado vivir sola, pero lo hacía en compañía de su madre histérica y su hermana pequeña que la odiaba. Lo único bueno de que volvieran a casa para comer era que entonces podía sacar su rabia y pelearse con alguien.

Amparo tenía 53 años. De pequeña le dijeron que debía ser abogada y así lo hizo, obediente. Ahora su vida era estresante, pero se sentía útil y económicamente, más que recompensada. Había estudiado, trabajado en un buffete, se había casado de blanco y por la iglesia, había tenido tres hijos, ahora adolescentes, vivía en un piso enorme en el casco antiguo de la ciudad con suelos de madera y vigas vistas en los techos. Se levantaba a las 7 de la mañana, desayunaba ligeramente, invertía 2 horas en acicalarse convenientemente y finalmente salía hacia su despacho para trabajar varias horas en sus casos. No volvía a casa a comer, sólo cuando ya anochecía y los tacones le apretaban tanto los pies que le era imposible soportarlo. Lo mismo todos los días. Antes de llegar a casa, pasaba por el gimnasio y se daba un baño en el jacuzzi del centro. Alguna vez, un masaje relajante. Llegaba a casa cuando los niños estudiaban encerrados en sus habitaciones o se habían ido de fiesta con los amigos. Llegaba a casa cuando el marido dormitaba en el sofá, cansado de tantos ancianos artríticos que pasaban por su consulta. Apenas hablaban ni se querían. Un beso en la mejilla, un “qué tal el día”, un cuerpo a cuerpo babeando en el sofá soñando otras vidas.

Luna tenía 84 años. Apenas recordaba su infancia, pero sabía que había sido muy feliz. Se levantaba todas las mañanas a las 9h, besaba la foto de su compañero fallecido, alimentaba a su gato persa, desayunaba cereales con muesli y alguna infusión, y después de arreglar las flores del jardín y barrer las hojas secas, se disponía a practicar su horita de piano y su hora de bordados con las vecinas. Después preparaba la comida y leía un poco, lo mismo todos los días, ansiosa por llegar a la tarde y jugar su partida de cartas con las amigas que todavía la visitaban, mientras se bebían sus copichuelas de anís.

Todas, Fátima, Maria, Vanessa, Amparo y Luna compartían isla, pero no se conocían. Todas, llevaban una vida similar aunque no lo pareciera, ordenada, simétrica, repetitiva, pequeños engranajes en la maquinaria del tiempo de un orden universal imposible de entender, pequeñas piezas del puzzle que era la vida, todas tan distintas y tan iguales, tan válidas y necesarias, tan personas.

5 comentarios:

gatot dijo...

Algunos y algunas cambiamos nuestras rutinas cada tres años y medio, cuando dicen que estamos justo a la mitad de renovar nuestras células. Algunos y algunas de tanto cambiar rutinas no sabemos quienes somos ni a donde vamos ni qué esperar por la tarde, ni por la noche ni al dia siguiente. Y algunos y algunas somos felices durante unos dias, apesadumbrados durante muchos y infelices unos cuantos más. Pero eso tiene poca importancia para nosotros y para los demás: tal vez nunca hemos querido encajar.

Que tinguis una bona tarda.

Ámber dijo...

Una de esas historias que conmueven. Y no mucho más que añadir, que no quiero sonar pelota, sino sincera, ¡ja, ja, ja, ja, ja, ja!, por eso:

¡GRACIAS por compartir cuentecitos chinos de este estilo!

¡Buen fin de semana!

el paseante dijo...

Parece el embrión de una novela. Esas vidas cruzadas sin ser conscientes de ello. La mayoría de esos perfiles femeninos (excepto el de la chica árabe) forman parte de mi entorno vital. Los has descrito perfectamente. ¿Habrías podido escribirlo con personajes masculinos? En cualquier caso, me parece un gran post, Ada.

Ada dijo...

Gatot, tal vez dentro de ese no-encaje también haya un engranaje preciso. Hoy me alegro de que hayas roto tu rutina para comentarme :) un abrazo.

Ámber, no sé si conmueve. Es la vida misma. Gracias por leerlos.

Paseante, claro que podría haberlo escrito en clave masculina, no debería haber diferencias. Pero sólo son esbozos y con unas vidas demasiado engranadas para convertirse en novela. Oye, ¿de verdad eres Ámber? :)

Daltvila dijo...

Me ha encantado este puzzle. Sería un fantástico arranque de novela. Para mí, el personaje principal debería ser Luna. Es un amor. De ella me gusta hasta el nombre. Una vejez así solo puede ser la consecuencia de una vida muy especial.

Besos, Ada y FELIZ SEMANA!