Vistas de página en total

domingo, 8 de enero de 2012

viernes, 6 de enero de 2012

Caminamos por la sombra del puente

Hay momentos de soledad que me aterrorizan. A pesar de que siempre he pensado, que tras mi aspecto frágil, soy muy fuerte, a veces algo pequeño y quebradizo, nada sorprendente, como una mano huesuda e invencible, me atenaza la garganta. Y entonces me siento tan débil que me asusto, pero es un terror profundo, irracional, multiplicado por cientos, creo que no podría explicarlo ni sabiendo escribir como Poe o como Kierkegaard o como Gloria Fuertes. Este terror lo siento ahora. 
Hace unos minutos un buen amigo me ha anunciado la muerte de su hermano. Una de esas muertes extrañas, que requieren de algo más que de autopsia para confirmar que ha sido voluntaria. Qué soledad tan profunda querer marcharse. Nunca lo he entendido. Y sin embargo, ahora que ya tengo canas y arrugas alrededor de los ojos, a pesar que ellos no han dejado de ser vírgenes para el miedo, a veces puedo imaginarlo y de eso a entenderlo puede que haya un paso y de eso a poder hacerlo, quién sabe...
¿Tal vez marchen los que más aman la vida? ¿los que más le exigen? Caminamos por la sombra del puente, a decenas de metros del suelo, somos tan pequeños como las hojas secas y la vida-carretera siempre sigue, la caminemos o no. 
A veces siento una soledad tan grande que pueden quebrarme el corazón los mensajes a mi móvil hablándome metafóricamente de pozos, bestias, serpientes, elefantes, mujeres de ojos rojos, bosques, ratas blancas y negras y abejas lanzando gotitas de miel. Tan grande, que algunos silencios se hacen tan insoportables y algunas presencias tan necesarias que pierdo la capacidad de ver la belleza de las cosas. Que lo andado parece quebradizo y lo que queda por andar, imposible. Que sólo se me ocurre sentarme en un rincón y pedir a lo divino que nunca me deje llegar al punto de locura o lucidez -quien sabe- como para lanzarme del puente. 

jueves, 5 de enero de 2012

Noche de Reyes

 En el horizonte, mástiles, mar y cielo rojo,
 los fuegos artificiales anunciando la llegada de Sus Majestades los tres Reyes Magos, 
que venían por mar y continuaban en descapotable
 y mi cámara, empeñada en fotografiar sólo al Rey Melchor, 
tal vez porque él me meció muchas veces en sus brazos, porque alimentó mi ilusión por la fantasía, porque vigiló mi crecimiento, porque me fastidió a menudo, porque me quiso y le quise...
porque le quiero...


Nunca pensé estar emparentada con la Realeza. 
Pero, ya lo sabéis, hoy es una noche mágica.

miércoles, 4 de enero de 2012

Príncipe Azul

Le encontré por fin. Sí, apoyado en una pared de piedra seca, pisando hierbas ajadas y polvo, ciertamente en un contexto poco principesco. Pero era azul, literalmente azul. Os preguntaré cómo supe que era Príncipe. Fue porque no dejaba de sonreír y balbuceó algo así como Querida, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: un pequeño barco, un pequeño palacio, una pequeña fortuna. 
Reconozco que la frase me resultó familiar, como si ya la hubiera escuchado antes, pero estaba tan embelesada viendo su azul de cuento y su sonrisa perfecta que no quise cuestionarme nada. Supongo que mi expresión no decía lo mismo porque mientras se acercaba, renqueando de una pierna, volvió a hablarme: ¿a quién va usted a creer? ¿ a mí o a sus propios ojos? Lo cierto es que a veces prefería más creer lo que me decían los demás, pero esta vez el azul me cegaba, era evidente lo que veía. 
Él no dejaba de sonreír. En un principio, descarado, me dijo no piense mal de mí, querida, mi interés por usted es puramente sexual, pero fuera o no cierto, más tarde supe que esa sonrisa perenne que tenía colgada del bigote no era ninguna triquiñuela seductora, sino la consecuencia de una leve parálisis facial que le había producido un íctus reciente. Desde entonces cojeaba, hablaba extrañamente pues también las cuerdas vocales se habían visto afectadas, y, lo más significativo, se le había quedado la boca paralizada en una eterna sonrisa. Eso fue lo que más me impresionó. Dijera lo que dijera, nadie le tomaba en serio, ni yo misma. Mi perro no me dirige la palabra desde que le mordí me dijo para intentar explicarme su grado de insatisfacción, condenado siempre a parecer amable y simpático, complaciente y empático. No le quedaba otra que empezar a agredir para que se le entendiera. Pero incluso eso le resultaba muy difícil porque como mordía, escupía, pegaba, empujaba, gritaba, insultaba sonriendo el efecto nunca era el esperado.
Me di cuenta que un Príncipe Azul de estas características no sería muy apto en mi vida así que le aconsejé que empezara a fumar puros (tal vez el humo difuminaría su sonrisa) y que tomara un poco el sol (tal vez el amarillo del sol en contacto con su azul harían el verde perfecto para ser tildado de "viejo verde" y así podría recuperar sus antipatías varias), antes de alejarme por donde había venido. Por supuesto, sin mirar atrás.
*Las frases en cursiva son de Grouxo Marx, un buen cómico pero también gran misógino.


martes, 3 de enero de 2012

Mis frases son de agua

Mis frases son de agua y tú escribes en ellas sin darte cuenta y todos las cruzamos confundiendo el cielo y la tierra, la realidad con su reflejo, la sutileza y levedad de la vida con lo permanente y duro. 
Mis frases son de agua y las escribo en el pequeño cuaderno azul dentro del avión, días antes de haber visto esta imagen. Mientras cruzo artificialmente el aire, garabateando frases de agua en mi cuaderno azul, ya lo he dicho, miro y escucho disimuladamente a la niña de 4 años que se sienta a mi lado: toda de rosa, también con sus gafitas de pasta rosa como chicle. 
Finge leer una revista en alemán. Es muy graciosa porque cada línea sólo tiene una palabra para ella. Así, en un plis plas se lee toda la página y en dos, toda la revista. Finaliza diciendo en voz alta "un aplauso para mí" y yo estoy a punto de dárselo, pero como a veces soy tímida, sólo sonrío por dentro y continuo escribiendo frases que son agua, sin saber que días después confundiré el cielo con la tierra, los árboles del bosque con su reflejo, lo frágil con lo permanente. 

lunes, 2 de enero de 2012

La belleza


Le dolían los pies, tenía frío, ya no soportaba las ganas de orinar, el estómago, hambriento, rugía en su interior, tenía prisa, sentía un punto de soledad, nada trágico en realidad, pero que le estaba fastidiando el momento. Entonces giró su cabeza y los vio: unos escalones de colores, un arcoiris artificial que separaba dos edificios para dirigirse a ninguna parte. 
Desvió su camino, estaba segura que esa ninguna parte valdría la pena.
En efecto, sobre el gris, estas palabras...

domingo, 1 de enero de 2012