"El principal problema del orgulloso es la dificultad en encajar la ingratitud, el egoísmo y la falta de amor de otras personas hacia él, sobre todo si han establecido vínculos afectivos con ellas" (Vicent Guillem).
Leyó y se miró en el espejo. Y después de muchos años de frustración y decepción, entendió.
Cerró los ojos y se imaginó una fila de personas, de espaldas a ella. Todos llevaban trajes negros, trajes clásicos de vendedor de grandes almacenes o de azafata. Todos parecían iguales -de hecho todos le daban la espalda-, pero incluso sin ver sus caras, podía reconocerles: la curvatura de sus espaldas, la posición de sus pies, si sus cabezas se dirigían al suelo, al cielo o al horizonte, si su postura era tranquila o nerviosa.
Les reconoció a todos por eso y porque cada uno llevaba en su mano una ingratitud concreta, en forma de ramo de flores. Unos llevaban rosas de pasión, de esas sangrantes en sus pétalos y en sus espinas; otros llevaban margaritas silvestres amarilleando los dedos; otros sostenían lirios blancos y alguno una exótica orquídea de pétalos como papel. Miraba sus espaldas y sus flores ingratas y entonces pensó: Ya no os culpo, no podíais darme otra cosa, no sabíais o no podíais. Lo encajo. Os amaba antes de recibir vuestras flores ingratas. Entonces, he de seguir amándoos, vosotros sois algo más que vuestras flores. Ninguna flor ingrata puede ya hacerme daño. Os lo hace a vosotros mismos si no sabéis reconocer el amor y respetarlo. Ya no os culpo. Y elijo continuar amando.
En ese momento, todas las flores cayeron de sus manos y ellos se giraron a mirarla. Habían perdido sus trajes negros recuperando sus imágenes identificativas -aquella sus trajes negros de cuero, el otro sus pantalones vaqueros agujereados, aquella otra sus faldas a media pierna...- y, espontáneamente, rompieron la fila. Algunos sonreían desde lejos sin decirle nada pero mirando con gratitud, otros se despedían con sus manos y se alejaban plácidamente, algunos la abrazaron.




