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sábado, 19 de noviembre de 2011

El orgullo


"El principal problema del orgulloso es la dificultad en encajar la ingratitud, el egoísmo y la falta de amor de otras personas hacia él, sobre todo si han establecido vínculos afectivos con ellas" (Vicent Guillem). 
Leyó y se miró en el espejo. Y después de muchos años de frustración y decepción, entendió. 
Cerró los ojos y se imaginó una fila de personas, de espaldas a ella. Todos llevaban trajes negros, trajes clásicos de vendedor de grandes almacenes o de azafata. Todos parecían iguales -de hecho todos le daban la espalda-, pero incluso sin ver sus caras, podía reconocerles: la curvatura de sus espaldas, la posición de sus pies, si sus cabezas se dirigían al suelo, al cielo o al horizonte, si su postura era tranquila o nerviosa. 
Les reconoció a todos por eso y porque cada uno llevaba en su mano una ingratitud concreta, en forma de ramo de flores. Unos llevaban rosas de pasión, de esas sangrantes en sus pétalos y en sus espinas; otros llevaban margaritas silvestres amarilleando los dedos; otros sostenían lirios blancos y alguno una exótica orquídea de pétalos como papel. Miraba sus espaldas y sus flores ingratas y entonces pensó: Ya no os culpo, no podíais darme otra cosa, no sabíais o no podíais. Lo encajo. Os amaba antes de recibir vuestras flores ingratas. Entonces, he de seguir amándoos, vosotros sois algo más que vuestras flores. Ninguna flor ingrata puede ya hacerme daño. Os lo hace a vosotros mismos si no sabéis reconocer el amor y respetarlo. Ya no os culpo. Y elijo continuar amando. 
En ese momento, todas las flores cayeron de sus manos y ellos se giraron a mirarla. Habían perdido sus trajes negros recuperando sus imágenes identificativas -aquella sus trajes negros de cuero, el otro sus pantalones vaqueros agujereados, aquella otra sus faldas a media pierna...- y, espontáneamente, rompieron la fila. Algunos sonreían desde lejos sin decirle nada pero mirando con gratitud, otros se despedían con sus manos y se alejaban plácidamente, algunos la abrazaron.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Peligros




No todos hemos crecido con los mismos peligros y temores. Los míos han sido las súbitas cataratas en las aguas mansas de un río; las traicioneras arenas movedizas sobre un páramo aparentemente seco; los caníbales hambrientos con complejo de bruja haciendo pócimas en calderos burbujeantes; los lobos feroces siempre embaucando a las caperucitas; los tiburones asesinos sorprendiendo en las aguas tranquilas del verano; los vampiros, los fantasmas y los zombies, esos siempre, en sus castillos repletos de pasadizos secretos; los laberintos imposibles de cruzar; las manzanas envenenadas; los robots gigantescos destruyendo las ciudades con un sólo paso. Todo fantasías, como podéis ver, pero que pueden ser buenas metáforas de los peligros reales que nos acechan. Es difícil cruzar tranquilo el bosque.

Boca seca

- Sr. Guzmán, ¿es cierto que hemos encontrado en el comedor de su casa una vitrina 3x6 metros llena de ejemplares de boletus venenosos cultivados presuntamente por usted con ánimo de envenenar a la víctima, como así ha ocurrido según nos consta por el informe toxicológico y las diligencias previas y finales de su autopsia?
El Sr. Guzmán abrió la boca para contestar, pero rápidamente se le cortó con una nueva pregunta:
- ¿No es cierto, Sr. Guzmán, que la noche pasada, la víctima había cenado en su casa? ¿No es cierto que antes de abandonar su vivienda ya le refirió algunos síntomas compatibles con el envenenamiento como la boca seca y pastosa, la acritud en las papilas gustativas, un ligero mareo y una orina persistente? ¿No es cierto que la víctima había pensado en dejar su relación y así se lo había comunicado esa misma noche? ¿No es cierto que tiene en su biblioteca un número importante de libros sobre micología, en cantidad igual que las obras escritas por Pedrolo, conocido autor de novela negra cuyos crímenes novelados podrían haberle servido de inspiración? ¿No es cierto, Sr. Guzmán, que usted planeó premeditadamente con nocturnidad y alevosía la muerte de la víctima?
- La víctima -contestó secamente el Sr. Guzmán- se colaba por fuerza día sí día no en mi casa, perturbando mi tranquilidad, mi vida familiar, mi plácida vejez. La víctima -prosiguió- no tenía intención de abandonar nuestra relación, Dios lo hubiera querido, que ya no sabía cómo echarla de casa. La víctima no me refirió ningún síntoma aunque reconozco que la vi tambalearse por el pasillo de casa, antes de perder el sentido. La víctima probó sola el contenido de la vitrina pues tenía esta odiosa costumbre de profanar todos los lugares cerrados. El número de libros que haya en mi biblioteca no tiene nada que ver con el caso que nos sucede y...si, planeé su muerte, pero finalmente su propia codicia la mató. No pueden culparme de nada, yo sólo estaba ahí, igual que los boletus.
Cerca del estrado, en una mesa frente el jurado, yacía el cadáver de la víctima. Su piel había adquirido un tono parduzco, sus ojos parecían salirse de las órbitas, sus manitas estaban crispadas, y su cola, por Dios, su cola erguida como un gancho.
- ¿Pero nos hemos vuelto todos locos? -gritó el Sr. Guzmán -, sólo es una rata, sólo es una rata!
- Según la nueva normativa europea -interrumpió el juez-, hay ratas más válidas que ciertas personas. Cadena perpetua!!

martes, 15 de noviembre de 2011

En las nubes

Le pasaba que, a menudo, no distinguía el cielo de la tierra. "Siempre estás en las nubes" era la letanía con la que creció, con alguna variante como "tantos pájaros en la cabeza". Lo cierto era que podía ver las nubes a su alrededor, para ella no era ninguna vergüenza, más bien, un don. Cuando las calles estaban mojadas y todo el mundo se quejaba por la lluvia, ella disfrutaba viendo las nubes reflejadas. Cuando un cristal caía al suelo y se hacía añicos, ella disfrutaba viendo las nubes multiplicadas. Cuando los pozos se abrían, ella disfrutaba viendo que contenían un poco de cielo. Cuando los enamorados brindaban en los jardines de verano, ella disfrutaba viendo el cielo dentro de sus copas.
Sin embargo un día fue consciente de una verdad evidente, pero hasta entonces olvidada: el mérito de que las nubes se reflejaran sobre los líquidos era exclusivamente del sol que los alumbraba. Sin sol no había reflejo, no había nada. "Tan a menudo -pensó- que culpamos o ensalzamos estando equivocados...Somos el sol, nosotros, sólo nosotros alumbramos, nosotros, sólo nosotros podemos poner los cielos en nuestras vidas acuáticas"

sábado, 12 de noviembre de 2011

Niños dentro

Tenemos niños dentro que, a su vez, tienen bebés colgando de sus manos tiernas, que a su vez se agarran a las extremidades jóvenes buscando un lugar más elevado y digno, como nuestros niños interiores se agarran a nuestras gestos, más de lo que seríamos capaces de entender o admitir. 
Él fue un niño feliz así que su madurez es risueña y relajada. Le gusta jugar con sus hijos al escondite, al pilla-pilla, a los monstruos y ríe con ellos a todas horas. Dicen por ahí que es poco responsable e incluso caprichoso, pero que es tierno como un bollo y tiene un encanto interior que le hace irresistible a los ojos sensibles.
El otro, sin embargo, fue un niño solitario, vapuleado por los otros niños, así que se ha negado a tener descendencia y observa a los hijos de los demás entre curioso y asqueado, como si fueran bichitos vertebrados o monstruos aparentemente humanos. Dicen por ahí que es un hombre recto y honesto, pero muy egoísta, algo taciturno y avaricioso, gran tesorero de los triunfos sociales y los billetes, eso sí, lo cual le hace irresistible a los ojos superficiales.
Yo les miraba hoy, como quien observa unas aves en un observatorio de pájaros, y he visto sus niños interiores colgando de sus espaldas, como mochilas invisibles pero permanentes. 
Después quería verme la mía, pero claro ahí detrás cualquiera la observa. No obstante la he sentido e intuido y, por supuesto, la he recordado: mi niña interior al principio era dulce como un caramelo, era asustadiza y dependiente, era vulnerable, era blanca como el talco y transparente como la lluvia. Mi niña interior era sensible, responsable y adulta, tímida y tranquila como un gatito sin instintos. Imaginaba mucho y dibujaba más, leía poco porque no sabía pero miraba todo lo que podía, soñaba a lo guionista de Hollywood y se acurrucaba en los brazos de los demás siempre que podía. Mi niña interior, de manera natural, idolatraba a sus amores mayores, les obedecía, callaba cuando se atemorizaba o no entendía, apenas lloraba, si lo hacía era por los demás: la abuela, el perro Bobby, la oveja ahogada, su hermano y el chichón, su amigo sordomudo... Y tenía mucho miedo de los ratones, la oscuridad, los Reyes Magos, las cabezas cortadas, los fantasmas, las muñecas antiguas, las pieles de zorro, el agua y las alturas.
Mi niña interior, ahora, pugna por salir tanto como los vuestros. Tiene miedo y tiene ganas de dulzura. Quiere brazos y protección. Y no se avergüenza por ello. Ahí la tengo, en mis manos, acariciándola, durmiéndose tranquila mientras mi yo adulta me trago los miedos, me bebo el ácido y me tomo la sal y disfrazo la necesidad de protección con un lujurioso traje de deseo como si fuera una cabaretera llamada Clementine.

viernes, 11 de noviembre de 2011

Marcada



Le dibujaron con henna una flor de la pasión de diez pétalos y diez hojas, que crecía por el interior del antebrazo desde una espiral de tres vueltas justo en el nacimiento de la muñeca. La dibujante decidió el diseño espontáneamente y ella se dejó hacer. Estaría marcada unas semanas por ese sino de la flor naciente. Y le gustó.

jueves, 10 de noviembre de 2011

Puedo escucharte si tú me hablas

Encontró la camiseta en un mercadillo callejero y aquel mensaje contundente le llamó la atención: "Esta camiseta puede escucharte si tú le hablas". 
Sonrió, se acerco a su manga derecha y le susurró: "quiero quererte pero no me dejas". Esperaba una respuesta, pero, claro, en ninguna parte decía que tuviera que responder. "Vaya -pensó- que camiseta más humana..." Y recordó las múltiples veces que le había pasado algo así o parecido: hablar por hablar, hablar sin escuchar, escuchar sin hablar, oír sin escuchar, esperar una respuesta que no llegaba...
Se acercó a la manga izquierda y le susurró: "perdóname". La camiseta no se inmutó.
La compró, claro, y se la puso esa misma mañana. Y fue entonces cuando la camiseta respondió, a través de todos los desconocidos que se acercaron a hablarle: nunca antes se había sentido tan querido ni había hecho tantos amigos tan fácilmente.